Quizá la palabra “transustanciar” suene un poco a ciencia ficción, pero es probable que los lectores católicos estén un poquito más familiarizados con ella. No en vano, la Iglesia católica afirma que transustanciar es básicamente lo que Jesucristo hizo durante la última cena, cuando “transformó” su carne en el pan que compartió con sus discípulos y su sangre en el vino que bebió con ellos. Vale, hemos pasado de una de ciencia ficción a una de zombis. Glups…
Y ahora que ya sabemos de qué va la transustanciación católica, ¿en qué consiste la literaria? ¿En transformar el pensamiento en palabra escrita? No del todo. Más bien sería transformar la sustancia real en sustancia literaria, las vivencias personales (o la percepción personal, la perspectiva propia) en materia literaria.
¿Sigue sin entenderse? No te preocupes, vamos a concretar un poco más. Supongamos que escribes un diario privado donde vuelcas todo lo que te ha pasado durante el día. Escribes en él tus experiencias tal y como las has vivido o percibido, intentando mantenerte lo más fiel posible a la realidad (o a tu realidad), sin cambiar nombres, tiempos, lugares, actitudes o diálogos.
En ese caso, no estás transustanciando desde el punto de vista literario, sino tan solo plasmando de forma bastante fidedigna y “sin adulterar” lo que te ha ocurrido. No hay un filtro literario, por así decirlo. No está ese cartelito de las películas que reza: «La historia que acaban de ver se basa en hechos reales, pero ciertos personajes, lugares y eventos han sido dramatizados o modificados con fines narrativos».
De hecho, ahí está la clave de la transustanciación literaria: en dramatizar o modificar con fines narrativos. Lo cual puede implicar muchos tipos de decisiones: desde algunas quizá más superficiales (como cambiar nombres y apellidos, lugares, edades o sexos) hasta otras un tanto más profundas (modificar situaciones personales o profesionales, personalidades, épocas históricas…).
Supón que te llamas Juan Pérez, tienes treinta años, eres operario de fábrica y vives en un pueblecito de Soria. Por supuesto, podrías escribir una historia con esas mismas coordenadas, donde tu personaje principal sea exactamente lo mismo que tú. Pero ¿por qué no alterarlo un poquito todo? Podrías hacer que el personaje principal inspirado en ti se llame Lucio Belmonte y tenga solo diecinueve años (lo cual, de por sí, ya cambiaría bastante su situación). Podría vivir en Barcelona, en vez de un pueblo de Soria. Y trabajar como peón de obra, en vez de operario de fábrica.
“Pero ¿qué sentido tiene aplicar todos esos cambios?”, te estarás preguntando. Pues ni más ni menos que fabular y, de este modo, enriquecer el texto resultante. Quizá a priori no te lo parezca, pero hacer que el relato se traslade del pueblecito soriano original a una cosmopolita Barcelona abre todo un mundo de posibilidades narrativas. Como también lo haría a la inversa.
Por otro lado, podrías ir un paso más allá, transustanciar a su enésima potencia todo eso y convertir a tu personaje en una veinteañera bisexual llamada Claudine que vive en Bélgica, se encuentra en situación de sinhogarismo y acaba de descubrir que está embarazada. O en un extraterrestre llamado Xfritzo que vive en un planeta llamado 4-TP-93 y acaba de enrolarse en el Ejército imperial.
De acuerdo, ya sabemos lo que estás pensando: “¿Cómo que transustanciar? Si cambio tanto mi realidad entera, la estoy transformando en otra que nada tiene que ver conmigo”. Pero ahí te equivocas. Porque tu realidad no solo consiste en tus circunstancias “externas”: también tiene que ver con lo que te ocurre por dentro, con tus sentimientos, con tus percepciones, con tus ideas. Y eso es, a menudo, lo más interesante (o, por qué no, incluso lo más significativo) que puedes contar desde el punto de vista literario.
Te lo expresaremos con un ejemplo real: “La metamorfosis”, de Franz Kafka. En esta novela corta, se nos habla de Gregorio Samsa, un hombre que una mañana despierta convertido en un insecto enorme, lo cual dificulta hasta tal punto la comunicación con su entorno que reniegan de él y acaba pereciendo. En principio, nadie diría que esta obra tiene mucho que ver con la vida de Kafka, ¿verdad? Al fin y al cabo, su personaje principal tiene otro nombre y, además, es un insecto gigante. Pero justo en ese sentimiento de alienación, de incapacidad de comunicarse, es donde sí podrían verse paralelismos con la vida del propio escritor, que siempre tuvo dificultades para encajar en la sociedad. Por eso algunos teóricos afirman que con esta novela corta Kafka “tradujo” su realidad, su sentimiento de alienación, y lo convirtió en una enorme metáfora que, como toda transustanciación, huía de lo literal para adentrarse en lo literario.
Aunque, naturalmente, no hay nada de malo en “ceñirse” a los hechos. Puedes hacerlo, faltaría más. Pero, si quieres darle alas a tu creatividad, te invitamos a que no te constriñas tanto. Fabula, inventa, imagina, investiga… ¡Juega! En definitiva, transustancia tu realidad. Te sorprenderán los resultados.