Los profesionales de los servicios editoriales solemos trabajar ocultos en la sombra (y, a menudo, sin que el público nos otorgue el crédito que merecemos, la verdad sea dicha), pero sin duda desempeñamos un papel decisivo a la hora de estructurar, depurar y presentar al mundo ideas por escrito. Al fin y al cabo, vivimos tiempos en que la información circula a velocidades vertiginosas, así que producir contenido de calidad, tanto en forma como en fondo, se ha vuelto un recurso quizá no todo lo habitual que resultaría deseable, y por ello determinante.
Ya hemos comentado en entradas previas que los servicios editoriales no se limitan a «corregir errores», sino que abarcan muchos más aspectos: desde perfeccionar contenido hasta traducir y maquetar, entre otros. De ahí su enorme relevancia, que además ha ido en aumento durante los últimos años, debido a la radical evolución del sector. Por eso te proponemos que hoy nos detengamos un poco en explorar por qué son tan importantes estos servicios, así como la transformación que han experimentado en los últimos diez años. Una transformación de la que, como ya sabes, NEMO Edición y Comunicación también ha formado parte.
Cuando alguien lee un libro, una revista o un artículo periodístico, o simplemente curiosea una página web, rara vez se plantea todo el trabajo editorial que subyace. Como si lo que tuviera ante sus ojos se hubiese generado por arte de magia (o de tecnología). Sin embargo, desde que se concibe la idea para un texto hasta que este se publica, tiene lugar un proceso, a veces bastante largo, en el que interviene toda una serie de profesionales: editores, correctores ortotipográficos y de estilo, diseñadores, maquetadores, traductores, asesores lingüísticos y especialistas en formato o adaptación digital.
Todos ellos, y cada uno dentro de su campo, están ahí para garantizar que el contenido resulte coherente, adecuado, atractivo, legible y eficaz para sus objetivos. Porque de todo ello depende que el texto cumpla exitosamente con lo que se le pide. A fin de cuentas, lo opuesto puede saldarse no solo con un mal producto (o, cuanto menos, mediocre), sino con una pérdida de atención, de público y, si se nos apura, incluso de credibilidad. Pues, más allá de respeto hacia el lector, un buen servicio editorial denota cariño hacia el autor, el texto y la difusión de este último. Y eso lo hemos tenido clarísimo en NEMO desde que comenzamos nuestra andadura.
De hecho, aunque los servicios editoriales no constituyen ninguna novedad, sino más bien lo contrario, pues en el fondo acumulan siglos de historia (podemos remontarnos a las escuelas de copistas y traductores medievales, nada menos), en los últimos diez años han experimentado una notable transformación debido a tres grandes fenómenos clave:
1. El auge de la autoedición
Gracias a plataformas como… (bueno, no haremos publicidad, pero ya sabes a cuáles nos referimos), hoy cualquier persona puede publicar un libro sin tener que pasar sí o sí por filtros editoriales. Y, como era de esperar, esa democratización ha conllevado un nuevo escollo que salvar: la falta de profesionalidad a la hora de editar muchos de estos textos. Ante tal panorama, hay agencias de servicios editoriales independientes que han sabido ofrecer soluciones para esos escritores que se autoeditan, no solo corrigiendo la ortotipografía del texto, sino también asesorándolos sobre otros aspectos netamente literarios (tono, ritmo, estructura narrativa, coherencia interna…) o incluso más centrados en el «marketing» puro y duro (título, sinopsis, portadas, estrategias publicitarias…).
2. La era digital… y otras modalidades de lectura
Vivimos tiempos líquidos donde los textos no solo se leen: a menudo también se descargan, se reenvían, se comparten por redes sociales y se adaptan a múltiples dispositivos (desde teléfonos inteligentes hasta tabletas y otros tipos de lectores digitales). Por supuesto, esto exige que los profesionales que brindamos este tipo de servicios aprendamos a adaptarnos. Renovarse o morir, como suele decirse. Ya no basta con que dominemos la gramática, sepamos perfeccionar el estilo o brindemos un impecable servicio de maquetación tradicional: en ciertos casos (cada vez más), debemos comprender cómo funciona la atención del lector digital, cómo adaptar un mensaje a distintos canales y cómo equilibrar hondura, claridad y concisión.
3. La globalización y la necesidad de localización lingüística y cultural
Todos estaremos de acuerdo en que, desde hace bastantes años, la globalización es una realidad incontestable. Y el mundo de la edición no se desmarca de esta tónica general, que digamos. Así lo denota el hecho de que cada vez podamos acceder con mayor facilidad a textos de otras latitudes, ¿verdad? Pero, claro, esto plantea nuevas disyuntivas. Al fin y al cabo, un contenido puede estar dirigido a un público español, mexicano o argentino, por ejemplo, y cada uno presenta sus propias particularidades lingüísticas y socioculturales. En casos así, a menudo ya no solo se requiere «traducir» textos, sino también localizarlos, es decir, adaptarlos para que resulten naturales y efectivos dependiendo de cada audiencia específica. Por eso se está viendo ya un aumento de servicios de edición multilingüe, revisión intercultural e incluso revisión de traducciones.
Pero la cosa no acaba ahí, pues a estos tres grandes fenómenos cabría sumar un cuarto que, sí, aún está en pañales, pero parece que no por mucho tiempo: el auge de la inteligencia artificial. Algunos creyeron que la aparición de herramientas de escritura automática y corrección como… (de nuevo, no vamos a hacer publicidad, ni falta que hace) marcaba el fin de la labor editorial, al darse una eficaz automatización de ciertas tareas.
Sin embargo, parece que el valor humano seguirá constituyendo un elemento clave en los servicios editoriales. Por mucho que se recurra a la inteligencia artificial, el resultado se sigue notando demasiado. Seguro que tú también lo has percibido en otros ámbitos, como esas imágenes generadas de forma artificial que tanto te impresionaban al principio…, pero que al final te parecen todas iguales. Y es normal. Quizá una ilustración al estilo Ghibli de una foto con tu prima tenga gracia y te haga sentir especial de entrada, pero cuando ya ves tropecientas iguales por redes… En fin, que parezca Ghibli no significa que lo sea.
La inteligencia artificial puede tratar de emular la sensibilidad y el criterio humano, pero de momento no puede sustituirlos. Es más, cuando (pese a todo) alguien intenta dar gato por liebre, se nota de qué es en realidad la carne que te han servido. Porque cada texto tiene sus matices, su intención, sus ambigüedades (buscadas o no), su tono, su voz, su público objetivo, sus contextos socioculturales… Su personalidad, vaya. Y, le pese a quien le pese, el ojo humano es capaz de captarla y trabajar con ella de un modo que a la inteligencia artificial aún se le escapa.
¿Significa esto que nos posicionamos de forma rotunda e inequívoca contra esta herramienta? No exactamente. Pero sí creemos que debería verse como lo que es: una herramienta, una ayuda, una aliada…, y no una sustituta. Porque, en realidad, carece de esa capacidad de «sustituir». Por pulido que parezca el resultado, se le notan las costuras. Y ahí entra la mano humana, cuando las integra de forma imperceptible para que el tejido luzca uniforme.
Renovarse o morir, como comentábamos más arriba. Y, para que veas que predicamos con el ejemplo, en septiembre volveremos con una novedad que considerábamos necesaria para que la renovación de NEMO sea perfecta. Pero eso será en septiembre. Guárdanos el secreto hasta entonces…