Lo hueles en el ambiente, ¿verdad? Ya está muy cerca, casi cerniéndose sobre nosotros. Todas las señales apuntan en la misma dirección: las alegres luces en calles, ventanas y balcones; la decoración en los escaparates; los hilos musicales; los anuncios en la tele…
Seguro que, incluso si no hubieras leído el título de esta entrada, te habría bastado con esa breve descripción para adivinar que, en efecto, nos referimos a la Navidad. Una de las fechas más polémicas del calendario, amada y odiada casi por partes iguales. Una fecha que trae muy buenos recuerdos a unos y demasiado buenos recuerdos a otros. Y también, qué duda cabe, una de las más consumistas (o lucrativas, según el punto de vista que adoptemos).
Aunque, por otro lado, quizá también sea una de las más desconocidas. Pues, aunque hay muchas palabras que prácticamente solo usamos en tan señaladas fechas, es bastante probable que desconozcamos su origen etimológico. Bueno, quizá sí te suene un poco de dónde viene lo de «navidad» y sospechas por dónde van los tiros en «polvorón». Pero ¿y «aguinaldo»? ¿Y «brindis»? ¿Y «cotillón»? De modo que, si quieres enterarte de unas cuantas curiosidades al respecto, quédate con nosotros. No te arrepentirás.
NAVIDAD: Empezamos con una de las más facilitas, al menos por lo conscientes que somos de su origen. Y es que esta palabra proviene del vocablo latino «nativitas» (en genitivo, «nativitatis»), que a su vez surge del verbo latino «nascor», que significa «nacer». Obsta especificar que con ella se hace referencia al «nacimiento» de Jesús, ¿no? Por cierto, en la palabra «natividad» encontramos expresado de forma más clara aún ese origen etimológico.
ADVIENTO: Y seguimos con otro vocablo que, a poco que lo masques, también delata de forma bastante evidente su origen, pues proviene del latín «ad venire», es decir, algo así como «venir hacia» (hacia la Navidad, en concreto).
VILLANCICO: Subimos un poquito el nivel de complejidad. Aunque quizá no mucho, pues, solo con que nos fijemos un pelín en este sustantivo, veremos que lo compone otro muy reconocible: «villa». En realidad, el verdadero origen etimológico de «villancico» es la palabra «villano». Sí, sabemos que eso de «villano» os suena a un calvo de risa pérfida que se lleva el dedo meñique a la boca mientras acaricia a un gato esfinge. Pero, si leemos la primera acepción de la RAE para esta palabra, veremos que dice: «Vecino o habitador del estado llano en una villa o aldea, a distinción de noble o hidalgo». O sea, lo que venían a ser labriegos, pueblerinos y, en general, gente de clase baja. Pues bien, a dichos villanos también se los llamaba «villancicos»; y a lo que cantaban en navidad, «coplas de villancicos» (que, con el tiempo, pasaron a llamarse tan solo «villancicos»). Por cierto, como mera curiosidad, en catalán observamos mucho mejor la conexión etimológica entre las dos primeras palabras de la lista, pues a la Navidad se la llama «Nadal»; y a los villancicos, «nadalenques».
POLVORÓN: Quien se haya comido alguna vez (¿quién no?) uno de estos deliciosos dulces, necesitará pocas explicaciones sobre el origen etimológico de la palabra. Pero, por si acaso, el propio DRAE nos saca de dudas en su definición del término «polvorón», que describe como «torta, comúnmente pequeña, de harina, manteca y azúcar, cocida en horno fuerte y que se deshace en polvo al comerla». En todo caso, y también según la RAE, «polvorón» viene en realidad de «pólvora», que a su vez surge del latín «pulvis, pulveris», que significa «polvo». Polvo eres y en polvo te convertirás.
MAZAPÁN: Si no querías dulce…, ¡dos raciones! Aunque, la verdad sea dicha, este origen es bastante más escurridizo que el anterior. No en vano, a simple vista, casi se da por hecho que «mazapán» viene de algo así como «masa de pan». Pero, como ya hemos adelantado, su etimología resulta un tanto más difusa. La RAE defiende (sin mucha firmeza, la verdad) que tal vez proviene del árabe hispánico «pičmáṭ”, y este del griego «παξαμάδιον paxamádion» (o sea, algo así como «bizcochito»). Otra teoría bastante curiosa, y no sabemos hasta qué punto fiable, asegura que surge del latín «Marci panem» (es decir, «pan de Marcos»), lo cual nos recuerda bastante a la palabra inglesa «marzipan», como quizá hayas observado.
AGUINALDO: La etimología es una rama lingüística un tanto imperfecta a veces. Y queda demostrado con esta nueva ensalada de hipótesis. La oficial (es decir, la de la RAE, cómo no) defiende que viene del sinónimo «aguilando», que a su vez podría proceder del latín «hoc in anno», o sea, «en este año». Aunque la Fundéu se desmarca sacando a colación otras teorías posibles. Por ejemplo, una de ellas afirma que viene de la frase «A gui l’an neuf» (podríamos traducirlo por «al muérdago el año nuevo»), que pronunciaban los druidas celtas desde lo alto de los encinos, mientras esparcían hojas de muérdago sobre los reunidos en las ceremonias de la recogida de frutos silvestres. Por otro lado, también la propia Fundéu se hace eco de una segunda hipótesis, según la cual la palabra surge de un expresidente filipino del siglo XIX llamado Emilio Aguinaldo, que al parecer era muy generoso con su gente.
BRINDIS: Como no todo tiene por qué proceder del latín, aquí tenemos ahora una palabra que nace nada menos que del alemán «bring dir’s», que significa algo parecido a «yo te lo traigo» o «yo te lo ofrezco».
TURRÓN: Volvemos con los dulces (entiéndenos: no queríamos que te pegaras un empacho tan pronto). Y, de nuevo, nos topamos con un origen etimológico un tanto impreciso. Algunas voces aseguran que surge del catalán «torró», vinculado con el verbo «torrar» («tostar»), pues originalmente el turrón se tostaba. Aunque también cabe la posibilidad que se haga referencia más bien a su aspecto terroso.
COTILLÓN: Y, como no hay fiesta de fin de año que se precie sin un buen cotillón, no hemos podido resistirnos a cerrar también nuestra lista con uno. ¿De dónde surge esta palabra? No, nada tiene que ver con los cotilleos de la prensa del corazón. Aunque podría, pues en realidad surge de una palabra francesa que significaba «falda» o «enaguas». Más adelante, se la usó para denominar un tipo de baile, similar al vals, con el que se finalizaban ciertas fiestas de la Francia dieciochesca. Pues bien, por lo visto, cuando llegaba el momento de bailar el cotillón, se repartía entre los asistentes obsequios como serpentinas, silbatos o confeti, para animar un poco más el ambiente. Aunque, con el tiempo, el cotillón ha pasado de bailarse a solo regalarse. Curioso, ¿verdad?