Como ya hemos comentado en otras ocasiones, traducir es mucho más que ir lanzando palabras de un idioma a otro. Porque un texto no es solo lo que dice, amigos y amigas, sino también lo que calla, lo que insinúa, lo que pretende…, y todo eso no siempre se capta como es debido lanzando palabras sin ton ni son de un idioma a otro.
De hecho, si creías que una vez acabada una traducción ya está todo el trabajo finiquitado, te equivocas. O deberías, pues en muchas ocasiones sí es ahí donde todo termina, con motivo o sin él.
En cualquier caso, hay editoriales y agencias que se toman muy en serio los controles de calidad, y es justo ahí donde entra en escena lo que conocemos como «revisión de traducción». Un proceso del que no siempre se habla, y que no siempre es obligatorio, pero que sin duda puede llegar a cumplir una función importantísima dentro del engranaje editorial.
Pero ¿en qué consiste eso de la «revisión de traducción»? Te diremos en lo que no consiste: en tomar una traducción imposible, una de esas que no hay por donde coger, y tratar de arreglarla como quien intenta arreglar un cuerpo descoyuntado que ha caído desde un trigésimo piso.
Cuando una traducción es intrínsecamente mala, lo adecuado no es pegarle un repaso de principio a fin para intentar arreglar los «problemillas» que tiene, porque eso no son problemillas, son problemones. Así pues, en dicha tesitura hay un solo modo profesional y correcto de proceder: encargarle la traducción a otra persona con mejores capacidades para que la vuelva a hacer desde el principio. No hay otra manera, lo sentimos. O no debería, en un mundo ideal sin prisas, plazos ni racaneos.
El caso es que revisar una traducción no significa hacer pasable una que es infumable, sino hacer excelente una que es buena (o, por lo menos, correcta). Y, por supuesto, se trata de una labor que jamás debería hacer el mismo traductor, sino otro profesional, del mismo modo que el mejor revisor de una novela jamás será el propio novelista. La intención es, cotejando el texto traducido con el original, corregir posibles errores de interpretación, verificar que no se hayan omitido partes y, en definitiva, mejorar la calidad final del texto.
Ahora bien, aunque todas las revisiones deberían hacerse a fondo, ese fondo depende mucho de cada encargo. ¿Qué queremos decir con esto? Pues que no todos los textos requieren el mismo nivel de profundidad; eso lo decidirá el editor y se lo transmitirá convenientemente a la persona que vaya a asumir el encargo. Sea como sea, podríamos decir que en líneas generales toda revisión de traducción debería centrarse en dos aspectos fundamentales:

REVISIÓN DE CONTENIDO: No solo conviene verificar que se ha traducido todo de pe a pa, sino que la traducción capta de forma adecuada y exacta el contenido y las intenciones del texto original en todos y cada uno de sus párrafos, en todas y cada una de sus frases, en todas y cada una de sus palabras.
SISTEMATIZACIÓN TERMINOLÓGICA: Como ya sabes, a veces hay palabras sinónimas que se refieren a una misma realidad. No pasa nada por usarlas, para eso están, pero a veces un texto contiene más de las que debería. Si en una novela a un personaje lo llaman como apodo «The Student», no puede ser que este se traduzca a veces como «El Estudiante» y otras como «El Alumno». Debería haber homogeneidad, ¿cierto?

Podríamos mencionar una tercera etapa de relectura final para asegurarse de que el texto fluye como es debido, pero a menudo esto se reserva para la siguiente etapa del proceso: la de corrección. Que, ojo, no es lo mismo que revisión, pues la corrección se hace directamente sobre el texto traducido sin cotejarlo con el original y centrándose en el respeto de este hacia las normas gramaticales de la lengua de destino (y estilísticas de la editorial, si las tiene).