Enero ha sido un mes de luces y sombras, sin duda, pero ¿quién nos iba a decir que cerraríamos el primer mes del año con una noticia tan triste como el fallecimiento, a sus 93 años, de José Martínez de Sousa?
Así, el 27 de enero de 2026 se apagó en Barcelona una de esas voces que, aunque tal vez desconocidas para el gran público, siempre ha sido una referencia indiscutible para quienes trabajamos con textos (y, en particular, para quienes creemos con firmeza que velar por el lenguaje es algo más que una cuestión estética). De hecho, que levante la mano quien ha tenido una duda lingüística y, tras buscar de forma infructuosa en la RAE o en Fundéu, no se ha dicho: «Veamos qué opina de esto Sousa…».
Nacido en El Rosal (Pontevedra) en 1933, podríamos decir que empezó su andadura desde abajo. Y literalmente, pues lo hizo entre cajas de tipos y talleres de imprenta, debido a su trabajo como tipógrafo y cajista. Aunque eso fue antes de convertirse en aquel impresionante profesional que tocó todos los palos: editor, lexicógrafo, bibliólogo, ortógrafo, ortotipógrafo y, en definitiva, autor de manuales y diccionarios imprescindibles. Que se dice pronto.
El corpus de obras que Sousa construyó a lo largo de los años jamás prometió soluciones milagrosas, desde luego, pero ofrecía algo quizá más importante y vital: orden y criterios (y bastante sólidos, además). Él siempre fue un gran defensor de las decisiones razonadas, coherentes y explicadas con la máxima claridad. Gracias a ello, muchos aprendimos que una coma, una mayúscula o una cursiva no son meras convenciones sin tanta importancia, sino decisiones que pueden llegar a afectar al sentido del texto.
Ahora bien, lejos de adoptar una visión dogmática del idioma, él siempre abogó por marcar la norma de forma dialogante, muy atenta a los casos reales y a las necesidades de los usuarios. Su intención no era pontificar, sino más bien conversar con quienes tenemos un texto delante y necesitamos tomar una decisión. Un hombre que se dirigía a nosotros con rigor pero sin pedantería. Con precisión pero de forma flexible y respetuosa. Sin sentar cátedra (y mira que tenía bagaje como para sentarla). Quizá eso explica que su obra haya seguido siempre fresca como una rosa, incluso en este mundo digital tan distinto a aquel en el que emprendió su andadura (aunque también supo adaptarse a él). Una obra que, sin la menor duda, seguiremos consultando en lo venidero.
Además, no podemos olvidar que uno de sus grandes hitos fue otorgar prestigio intelectual a disciplinas que siempre habían estado bastante invisibilizadas, como la corrección ortotipográfica o la edición técnica. Por ello le estaremos siempre agradecidos. Y también por ello, hoy, al recordarlo, no solo despedimos a un gran profesional que nos ha acompañado durante todos estos años, sino a alguien que seguirá haciéndolo en el futuro a través de sus palabras. Porque ellas sí son inmortales.