Hay tareas que admiten bastante bien la fragmentación. Podemos responder un correo, dejarlo, atender otra cosa y volver media hora después sin necesidad de reconstruir mentalmente todo lo que estábamos haciendo. Con los libros ocurre algo distinto. Escribir una escena, editar un capítulo, traducir un pasaje complejo o realizar una corrección de estilo exige mantener simultáneamente en la cabeza una cantidad considerable de información: qué acaba de suceder, hacia dónde se dirige el texto, cómo habla un personaje, qué tono estamos buscando, qué decisiones hemos tomado unas páginas atrás o qué pequeño problema hemos decidido dejar pendiente para comprobarlo después.
Por eso una hora dedicada a un libro no siempre equivale a otra hora dedicada al mismo libro. Sobre el papel, cuatro sesiones de treinta minutos suman exactamente lo mismo que dos horas de trabajo continuado. Nuestro cerebro, con su conocida falta de respeto por las hojas de cálculo, no parece estar tan de acuerdo.
Cada vez que interrumpimos una tarea compleja necesitamos un tiempo para volver a entrar en ella. Hay que recuperar el contexto, recordar qué estábamos intentando resolver y reconstruir parte del mapa mental que habíamos creado mientras trabajábamos. Es lo que en psicología cognitiva se ha estudiado como «residuo de atención»: cuando cambiamos de una tarea a otra, una parte de nuestra atención permanece durante un tiempo vinculada a la actividad anterior. Podemos haber cerrado el correo, silenciado el teléfono y regresado al capítulo, pero nuestra cabeza quizá siga negociando durante unos minutos con ese mensaje que acabamos de leer.
En un trabajo mecánico, ese coste puede resultar relativamente pequeño. Cuando trabajamos con un texto largo, no tanto. Una novela, un ensayo o cualquier proyecto editorial complejo exige continuidad porque buena parte de su coherencia depende precisamente de relaciones que no están siempre visibles en la página que tenemos delante. El escritor necesita conservar la lógica de la escena y del conjunto; el editor, comprender las decisiones del autor antes de intervenir en ellas; el traductor, mantener voces y matices; el corrector, detectar patrones e incoherencias que pueden encontrarse a muchas páginas de distancia. Todos trabajan sobre el mismo objeto desde lugares distintos y todos necesitan, en mayor o menor medida, entrar en él.

Estar trabajando no significa estar concentrado

La dificultad es que nuestras jornadas están diseñadas cada vez menos para ese tipo de concentración. El correo electrónico, las reuniones, los mensajes, las notificaciones y las pequeñas urgencias van dividiendo el día en fragmentos que permiten hacer muchas cosas, aunque no necesariamente permiten pensar durante mucho tiempo en una sola. Al terminar la jornada podemos haber contestado quince correos, solucionado tres incidencias, actualizado un calendario y revisado dos documentos. La sensación de productividad está razonablemente garantizada; que hayamos conseguido avanzar de verdad en aquella tarea que necesitaba dos horas de concentración es otro asunto.
En el caso de los autores, el problema puede ser todavía más evidente porque la escritura suele convivir con un trabajo, una familia, obligaciones domésticas y todo el variado catálogo de acontecimientos que la vida cotidiana proporciona con admirable puntualidad. De ahí nace una recomendación muy habitual: «escribe cuando puedas». Y, como estrategia para conseguir escribir en circunstancias poco favorables, tiene todo el sentido del mundo. Esperar a disponer de una tarde completamente libre, una habitación silenciosa y el estado mental perfecto puede ser una manera extraordinariamente eficaz de no terminar jamás una novela.
Pero aceptar que a veces hay que escribir a ratos no significa fingir que esos ratos producen siempre el mismo tipo de trabajo. Hay momentos para corregir una frase, documentarse, revisar unas páginas o tomar notas, y otros en los que necesitamos permanecer dentro del texto el tiempo suficiente para alcanzar una profundidad que difícilmente aparece entre la compra y una videollamada.
Lo mismo sucede durante el proceso editorial. Hay decisiones que pueden resolverse en unos minutos y otras que necesitan lectura, distancia y concentración. Pretender que todas encajen indistintamente en cualquier hueco de la agenda quizá sea eficiente desde el punto de vista del calendario, pero los libros tienen la desagradable costumbre de no dejarse gestionar exactamente como una lista de tareas.

Proteger el tiempo también forma parte del trabajo

Por eso quizá deberíamos hablar menos de encontrar tiempo y más de protegerlo. No necesariamente jornadas enteras ni retiros monásticos sin cobertura telefónica, aunque en determinadas fases del trabajo puedan resultar extraordinariamente tentadores, sino bloques suficientemente largos como para que la atención tenga oportunidad de asentarse.
Esto afecta también a la planificación de los proyectos. Reservar tiempo de calidad para una lectura, una edición, una traducción o una fase especialmente compleja de escritura no es un lujo añadido al proceso, sino una forma de proteger su calidad. Del mismo modo que calculamos plazos de corrección o maquetación, tiene sentido considerar qué tareas necesitan continuidad y evitar convertirlas en aquello que hacemos cuando todo lo demás nos concede media hora de tregua.
La paradoja es que dedicar más tiempo seguido a una tarea puede parecer menos productivo que pasar continuamente de una actividad a otra. Durante dos horas quizá solo hayamos trabajado en un capítulo, mientras que en esas mismas dos horas podríamos haber tachado siete asuntos de una lista. Sin embargo, los libros no se construyen contando asuntos tachados. Se construyen manteniendo durante suficiente tiempo una conversación compleja con un texto.
No siempre podremos hacerlo. Habrá capítulos escritos en salas de espera, correcciones hechas entre reuniones y páginas revisadas cuando el día ya debería haber terminado. Forma parte del oficio y, probablemente, seguirá haciéndolo. Pero conviene no confundir nuestra capacidad para trabajar en condiciones imperfectas con la idea de que las condiciones no importan.
A veces un libro necesita más horas. Otras veces necesita algo bastante más difícil de conseguir: que durante unas cuantas horas no exista nada más.