En una escena de El cuento de invierno, de William Shakespeare, la reina Hermione pide a su hijo Mamillio que le cuente una historia. El niño le pregunta si la prefiere alegre o triste, y aunque su madre le concede libertad para elegir, él tiene bastante claro qué clase de relato corresponde a esa época del año: «Un cuento triste es lo mejor para el invierno». Acto seguido, anuncia una historia sobre espíritus y duendes que comienza con un hombre que vive junto a un cementerio. La obra fue escrita probablemente hacia 1610-1611, más de dos siglos antes de que Charles Dickens publicara Cuento de Navidad. Aquella breve escena nos recuerda algo que hoy puede resultar extraño: durante mucho tiempo, las historias sobrenaturales no estuvieron asociadas exclusivamente a la festividad de Todos los Santos ni a su versión contemporánea, Halloween. En determinadas tradiciones europeas, el invierno era también una época propicia para hablar de fantasmas.
Historias para las noches más largas
Antes de la iluminación eléctrica, el invierno imponía unas condiciones muy distintas a las actuales. Las horas de luz eran escasas, el frío dificultaba algunas actividades al aire libre y las reuniones domésticas proporcionaban ocasiones para conversar y contar historias. La narración oral, por supuesto, no era exclusiva de esta estación, pero las largas noches ofrecían un escenario particularmente adecuado. No es difícil comprender el atractivo de aquellas veladas. Un grupo de personas reunido alrededor del fuego, mientras fuera oscurece, dispone de todos los elementos necesarios para que un relato inquietante resulte todavía más eficaz. La oscuridad limita lo que podemos ver; los ruidos de una casa o del viento admiten interpretaciones inquietantes; la presencia de los demás proporciona la seguridad suficiente para disfrutar de un miedo que, al menos en principio, sabemos imaginario.
Con el tiempo, ese escenario se convirtió también en una convención literaria. Las historias podían empezar con una reunión junto a la chimenea, un visitante dispuesto a contar una experiencia inexplicable o un manuscrito antiguo que prometía revelar algún acontecimiento extraordinario. En Gran Bretaña, esta costumbre encontró un espacio especialmente favorable en las celebraciones navideñas del siglo XIX. La época victoriana contribuyó a consolidar una Navidad doméstica y familiar, acompañada por el desarrollo de nuevas formas de entretenimiento y por una industria editorial cada vez más interesada en las publicaciones estacionales. Los relatos de fantasmas tuvieron un lugar propio en aquella cultura.
Hasta tal punto se había popularizado la asociación que, en 1891, Jerome K. Jerome comenzó su libro Told After Supper con una declaración deliberadamente burlona: la historia sucedía en Nochebuena porque, según las convenciones literarias de su tiempo, cualquier relato de fantasmas respetable debía comenzar precisamente entonces. El autor ironizaba sobre la cantidad de espectros que parecían reservar sus apariciones para el 24 de diciembre. La parodia revela hasta qué punto se había asentado aquella tradición. Para que una convención resulte cómica, primero tiene que ser reconocible.
Dickens y los fantasmas de la conciencia
En diciembre de 1843, Charles Dickens publicó A Christmas Carol, cuyo título completo, A Christmas Carol in Prose. Being a Ghost Story of Christmas, anunciaba expresamente que se trataba de una historia navideña de fantasmas. Su protagonista, Ebenezer Scrooge, es un comerciante avaro, solitario y profundamente indiferente a las dificultades ajenas. La noche de Navidad recibe la visita de Jacob Marley, su antiguo socio, muerto siete años atrás. El espectro arrastra una pesada cadena formada por objetos relacionados con los negocios, una representación de las consecuencias de haber dedicado su vida a acumular riqueza sin preocuparse por nadie.
Marley anuncia la llegada de otros tres espíritus, encargados de mostrar a Scrooge las Navidades pasadas, presentes y futuras. Cada aparición le obliga a contemplar una parte de su existencia que había preferido ignorar. El pasado le devuelve a su infancia solitaria, a los afectos perdidos y a las decisiones que fueron convirtiéndolo en un hombre incapaz de establecer vínculos personales. El presente le permite observar las vidas de quienes lo rodean, especialmente la familia de su empleado Bob Cratchit, cuya precariedad contrasta con su propia prosperidad. El futuro lo enfrenta a su muerte y a la indiferencia que despertará su desaparición.
Dickens aprovecha así una tradición sobrenatural para construir un relato sobre la responsabilidad individual y social. Los fantasmas no aparecen únicamente para asustar al protagonista: le proporcionan información que transforma su manera de comprender el mundo. El miedo desempeña una función, pero es el conocimiento de sí mismo y de las consecuencias de sus actos lo que hace posible el cambio. La obra tiene también un trasfondo político y económico que a menudo queda desdibujado por sus adaptaciones más sentimentales. En la Inglaterra industrial de 1843, la pobreza, las condiciones laborales y el tratamiento de las personas sin recursos eran asuntos de intenso debate. Las referencias de Scrooge a las prisiones y las casas de trabajo para pobres, así como las figuras alegóricas de la Ignorancia y la Miseria, sitúan el relato dentro de esas preocupaciones sociales.
La Navidad proporciona el marco de esa transformación, pero Dickens no inventó la costumbre de contar historias de fantasmas durante esas fechas. Lo que consiguió fue convertir una forma narrativa ya conocida en uno de los relatos más influyentes sobre la generosidad, la memoria y las obligaciones hacia los demás. La tradición continuó después de él. A finales del siglo XIX y principios del XX, escritores como M. R. James cultivaron las narraciones sobrenaturales destinadas a ser leídas ante pequeños grupos, especialmente durante las reuniones navideñas. Sus historias podían transcurrir en cualquier época del año: lo que las vinculaba a la Navidad era, en ocasiones, el momento elegido para contarlas.
El invierno tiene muchas formas de inquietarnos
Los fantasmas son una de las posibilidades de la literatura invernal, pero no la única. El frío, la oscuridad y el aislamiento también pueden intensificar conflictos que nada tienen que ver con lo sobrenatural. La enfermedad, la pobreza, la soledad o las tensiones familiares adquieren una dimensión particular cuando se desarrollan durante una estación que vuelve más necesarias las condiciones materiales de protección y convivencia. Las celebraciones introducen, además, un contraste especialmente aprovechable para la ficción. Mientras una comunidad se prepara para compartir comida, regalos o encuentros familiares, algunos personajes permanecen excluidos de ese bienestar. La distancia entre lo que se espera de una fiesta y lo que realmente viven quienes participan en ella puede convertirse en el centro del relato.
Emilia Pardo Bazán exploró estas posibilidades desde registros muy diferentes. Su extensa producción cuentística abarca el realismo, el humor, la crítica social, las creencias religiosas y la fantasía. Entre sus obras figura Cuentos de Navidad y Reyes, publicado en 1902 junto con Cuentos de la patria y Cuentos antiguos, una recopilación que reúne historias de ambientación y tratamiento muy variados. La escritora también recurrió a escenarios abiertamente sobrenaturales. En una serie de relatos titulada Fantasía, publicada originalmente entre 1891 y 1892, imaginó distintas Nochebuenas en el Infierno, el Purgatorio, el Limbo y el Cielo. La festividad religiosa se convierte allí en una oportunidad para trasladar la narración a espacios que exceden la experiencia cotidiana.
Pero otros cuentos de Pardo Bazán encuentran su fuerza precisamente en aquello que no necesita explicaciones sobrenaturales: las circunstancias sociales de los personajes, sus deseos, sus frustraciones y las contradicciones entre las creencias que profesan y su comportamiento. Esta variedad permite apreciar las diferencias entre dos maneras de aprovechar un mismo periodo del calendario. Dickens convierte las apariciones en instrumentos de una transformación moral. Pardo Bazán, en cambio, se acerca a las festividades y sus circunstancias desde la diversidad propia de su narrativa breve, sin someter todos sus relatos a una misma fórmula ni garantizar desenlaces reconfortantes.
Lo que vuelve cada invierno
Las historias de invierno no constituyen un género literario propiamente dicho. No comparten necesariamente protagonistas, estructuras ni desenlaces, pero sí encontramos motivos y escenarios recurrentes que los escritores han aprovechado de maneras distintas. La reunión alrededor del fuego puede ser el marco de una historia de terror; una celebración familiar, el escenario de un conflicto; la llegada de un visitante inesperado, el comienzo de una revelación. Incluso el paso del tiempo, que las fiestas anuales hacen tan visible, puede convertirse en materia narrativa. En Cuento de Navidad, Dickens lleva esa posibilidad hasta sus últimas consecuencias: Scrooge tiene que contemplar literalmente su pasado y su futuro para comprender su presente.
Quizá por eso las historias inquietantes han convivido durante siglos con las celebraciones invernales. Las fiestas no eliminan la conciencia de las pérdidas, las ausencias o las dificultades que nos acompañan. A veces, incluso las hacen más visibles. Shakespeare lo expresaba a través de un niño que elegía contar una historia de espíritus en lugar de un cuento alegre. Dickens encontró en aquellos visitantes sobrenaturales una forma de examinar la conducta humana. Pardo Bazán exploró las tensiones entre las creencias, las expectativas y la realidad de sus personajes.
Entre todos ellos encontramos una tradición literaria mucho más variada de lo que sugieren nuestras actuales asociaciones entre el invierno, la Navidad y los relatos sentimentales. Una tradición en la que el frío puede acompañar tanto a una aparición fantástica como a un conflicto perfectamente cotidiano.
Dos clásicos para leer este invierno
En Pumpkin Books recuperamos dos formas muy distintas de acercarse a estas historias en nuestro Drop de Invierno.
Cuento de Navidad, de Charles Dickens, nos devuelve a uno de los relatos sobrenaturales más conocidos de la literatura, en una edición en tapa dura que incluye material complementario para profundizar en la obra y su contexto.
Relatos de invierno, de Emilia Pardo Bazán, reúne una selección de 31 cuentos que permite acercarse a las diferentes facetas de una de las grandes narradoras de nuestra literatura.
Dos autores, dos maneras de contar y muchas razones para seguir leyendo cuando llegan las noches largas.