Con el reciente estreno de su última película, «El cautivo», el director hispano-chileno Alejandro Amenábar ha devuelto a la actualidad a la figura más importante de nuestras letras y, de hecho, una de las más relevantes de la literatura mundial: Miguel de Cervantes.
Aunque, bueno, lo de «devolver a la actualidad» es un decir, por supuesto, porque ¿acaso se fue alguna vez Cervantes? Su perenne influencia cultural, sobre todo gracias a una novela tan decisiva como «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», queda fuera de toda duda. Ahí está para atestiguarlo el Instituto Cervantes, sin ir más lejos, institución pública que lleva su apellido y que España creó en 1991 para promover de forma universal la enseñanza, el estudio y el uso del español, además de contribuir a la difusión de las culturas hispánicas en el exterior.
De todos modos, la omnipresencia de este ilustre escritor va mucho más allá de lo meramente académico o institucional. Así lo demuestran todo tipo de documentales, series de animación, cómics, musicales, apariciones estelares en series como «El ministerio del tiempo» y, por supuesto, películas. Muchas películas. El mismísimo Terry Gilliam se unió a la fiebre cervantina en 2018 con su largometraje «El hombre que mató a don Quijote», delirante fantasía (ya sabéis: Gilliam) en la que un anciano está convencido de ser don Quijote y confunde a Toby, un ejecutivo publicitario estadounidense, con su fiel escudero Sancho Panza.
Y ahora le toca el turno a Amenábar, quien con su último éxito de taquilla (desde su estreno, acumula ya más de tres millones de euros en España, que se dice pronto) recupera uno de los episodios más enigmáticos de la vida del genial autor: su cautiverio en Argel. Pero, además, aportándole una mirada quizá más desconocida que realmente nueva; y, en cualquier caso, no exenta de polémica, pues fabula a partir de determinadas teorías en torno a la sexualidad del inmortal autor.
Llegados a este punto, podríamos soltar el siguiente cliché y quedarnos tan panchos: Cervantes está más vivo que nunca. Pero lo cierto es que siempre lo ha estado, incluso a nivel popular. Hay muchas frases hechas que usamos en nuestro día a día y que, de un modo u otro, le debemos a él. Por ejemplo, el refrán «Más vale pájaro en mano que ciento volando», que, aunque se origina en el proverbio latino «Est avis in dextra, melior quam quattuor extra», lo popularizó traducido a nuestro idioma el autor del «Quijote».
Ahora bien, quizá a veces nos extralimitamos al atribuirle a Cervantes más méritos de los que merece (que ya de por sí no son pocos, desde luego). Y con esto nos referimos, como quizá hayas deducido, a las falsas citas cervantinas, que se siguen perpetuando erre que erre con un empeño que solo podríamos tildar, si se nos permite el juego de palabras, de quijotesco. Rotundamente quijotesco. Así que te invitamos a acompañarnos por algunas de las más sonadas…
«LADRAN, LUEGO CABALGAMOS». Resulta casi imposible resistirse a la tentación de encasquetarle esta frase al «Quijote». Al fin y al cabo, todo en ella rezuma «quijotismo»: hay chuchos, hay gente a caballo… ¿Cómo no va a pertenecer a esta obra? Casi dan ganas de añadir un «amigo Sancho» al final de la cita, ¿verdad? ¡Qué diablos, seguro que hay quien se lo añade! Sin embargo, parece que en realidad surge del poema de Goethe titulado «Kläffer», es decir, «El Labrador», que data de 1808: «Quisieran los perros de la cuadra/acompañarnos allá donde vayamos,/pero la estridencia de sus ladridos/solo demuestra que cabalgamos».
«DE BUENAS CENAS ESTÁN LAS SEPULTURAS LLENAS». Aquí nos encontramos con un caso no muy distinto al anterior, pues la frase entera vuelve a exudar quijotismo por los cuatro costados. El estilo es indudablemente cervantino, qué duda cabe. Y suena un poco a sabiduría frente a la picaresca, ¿verdad? Vamos, que, si no es del «Quijote», tiene que ser de «El Lazarillo de Tormes» por lo menos. Pero seguro que es del «Quijote», que además comenzaba hablando de la dieta del ingenioso hidalgo: que si «algo más vaca que carnero», que si salpicón, que si «duelos y quebrantos» los sábados, que si lentejas los viernes… Casi imaginamos al escuálido protagonista diciéndole esa frase a su gordinflón amigo, como si de un Naturhouse ambulante del Siglo de Oro se tratara. ¡Todo encaja! Salvo por el hecho de que no es verdad, claro, pues el refrán popular en cuestión (porque un refrán es) jamás aparece en las páginas de esta obra.
«CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO». De acuerdo, lo admitimos, esta sí viene del «Quijote». Sin embargo, el significado metafórico e incluso crítico que siempre se le atribuye no tiene absolutamente nada que ver con el que en realidad se desprendía de las páginas de esta obra imperecedera. Así, mientras hoy lo usamos para referirnos de forma metafórica a un obstáculo muy poderoso que de pronto nos obstaculiza el camino hacia nuestros objetivos, en la novela de Cervantes tiene un sentido bastante más prosaico, pues allí ocurre algo tan simple como que sus dos protagonistas entran a oscuras por completo en el pueblo del Toboso y caminan a tientas hasta que tropiezan con la iglesia mayor: «Guio don Quijote, y, habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”». Obsérvese que dice «dado», no «topado»; e «iglesia» (como edificio), no «Iglesia» (como poder eclesiástico, y mucho menos como obstáculo poderoso e insalvable).
«DESFACER ENTUERTOS»: Y ponemos el broche de oro con esta locución que, a su vez, nos sirvió para dar título a esta entrada. «¿Cómo que no proviene de Cervantes?», se preguntará, escandalizado y bastante convencido de sus recuerdos, alguien que haya leído el «Quijote». Así que no nos queda más remedio que aguarle la fiesta: el ingenioso hidalgo jamás «desfizo» entuerto alguno. Lo que se ha producido aquí es una confusión que ha derivado en otra cosa, pues lo que sí leemos en la novela cervantina es lo siguiente: «según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer». Así, por un lado, deshacía agravios y, por otro, enderezaba tuertos (es decir, ponía recto lo torcido). Pero en ningún caso «desfacía entuertos», aunque parece bastante claro de dónde ha surgido esta popular expresión: del «cacao maravillao» mental que nos hemos montado con dicho pasaje.
Dicho lo cual, ¿significa todo esto que no deberíamos seguir usando estas expresiones? En absoluto; ¡de hecho, las celebramos! Pero dejemos de empeñarnos en atribuirles orígenes que no les corresponden. No seamos tan quijotes…
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