Seguro que te ha pasado más de una vez que estás leyendo un libro o una revista y, casi sin darte cuenta, la lectura avanza sin esfuerzo y las páginas fluyen como por arte de magia. Pero no es magia, créenos: lo más probable es que, sin quitarle mérito al contenido del texto, la maquetación esté bien hecha.
Paradójicamente, se trata de un elemento en el que pocas veces repara el lector medio. Y sin embargo, es fundamental, pues no consiste en limitarse a rellenar páginas ni en aplicarles adornos gráficos al tuntún. Su función es mucho más discreta (y decisiva): organizar el contenido para que resulte legible, comprensible y agradable de leer.
Para lograr todos estos objetivos, hay varios principios básicos que funcionan quizá no como reglas de oro que seguir a rajatabla, pero sí como criterios que ayudan a tomar buenas decisiones. Veámoslos…
ALINEACIÓN
Como ya hemos comentado, nada está dispuesto al azar en una página bien maquetada, sino que todos los elementos guardan entre sí una relación clara que se basa en motivos específicos. La alineación es lo que hace que un bloque de texto «encaje» en la página. Pensemos en una novela: el cuerpo de texto arranca siempre desde el mismo punto, los títulos de capítulo respetan un eje común y los números de página aparecen en una posición constante. Esa regularidad crea una sensación de orden que facilita la lectura. En cambio, si la alineación falla (por ejemplo, si un pie de página se desplaza unos milímetros sin motivo alguno o una imagen rompe el margen sin justificación), nuestro ojo lo detecta enseguida. Y, cuando eso ocurre, la página empieza a parecer «inestable» y todo comienza a chirriar, como un instrumento mal calibrado. Por eso, si lo piensas bien, alinear correctamente no se queda en una mera cuestión estética, sino que es un modo de silenciar «ruidos», reducir distracciones y, en fin, mantener la atención en el contenido.
JERARQUÍA VISUAL
Todos sabemos que nadie lee un libro como si de un bloque uniforme de texto se tratara. De hecho, está repleto de entradas, pausas, niveles de información, etc. Pues bien, para eso está la jerarquía visual: para dejarle claro al lector qué es lo principal, qué es lo secundario y qué funciona como mero elemento de apoyo. De este modo, el título de cada capítulo debe destacar de forma inequívoca frente al cuerpo de texto, mientras que los subtítulos deben resultar reconocibles a simple vista pero sin competir con el título principal. En cuanto a las notas o citas, deberían diferenciarse lo suficiente como para no interrumpir la lectura. Pero ¿cómo logramos armar toda esta distribución jerárquica? Pues con varios elementos principales: la tipografía (incluidos tamaño, peso y estilo), el espacio y la posición. Por otro lado, ten en cuenta que la jerarquía más eficaz suele ser aquella sobria y coherente, no la estridente y abigarrada. Te proponemos un ejercicio práctico para que lo compruebes: toma una revista o un libro de texto que tengas en casa y, durante unos segundos, hojea una página al azar. Si entiendes rápidamente su estructura, está claro que la jerarquía funciona.
RITMO
Quizá la maquetación no suena, pero te aseguramos que tiene su ritmo y, si se ejecuta de forma poco acertada, incluso hace un ruido infernal. Ese ritmo se construye repitiendo decisiones (mismos márgenes, mismos estilos de título, misma estructura de página…), de tal punto que a base de repetir decisiones se genera cierta familiaridad. Pero, por supuesto, también conviene introducir pequeñas variaciones que eviten la monotonía, como una página de apertura de capítulo con más aire o una imagen a toda página en el momento adecuado. Un diseño demasiado uniforme puede resultar plano; uno demasiado cambiante, por el contrario, puede ser agotador. La clave está en encontrar un equilibrio que acompañe la lectura, no que la interrumpa. Tomemos de ejemplo una novela: si cada capítulo empieza siempre igual (mismo tipo de letra, misma posición, mismo espacio antes del texto…), el lector lo reconoce de inmediato, ve un orden y una lógica internos, y se orienta sin esfuerzo. Eso es ritmo editorial bien entendido.
PROXIMIDAD
El espacio en blanco no es un vacío que haya que rellenar, sino más bien una herramienta para organizar el contenido y evitar confusiones. De hecho, ese espacio en blanco marca la proximidad entre elementos, la cual nos ayuda a entender de forma intuitiva cuáles están relacionados entre sí. Un título situado cerca de su texto se percibe como parte del mismo bloque. Un pie de foto ubicado justo debajo de una imagen se asocia de forma inmediata con ella. Una nota separada lo suficiente del cuerpo principal se entiende como información complementaria. Ahora bien, cuando la proximidad no está bien resuelta, surgen las dudas: ¿esta nota corresponde al párrafo anterior o al siguiente?, ¿este subtítulo introduce un tema nuevo o continúa el anterior?
CONSISTENCIA
Como ya habrás ido adivinando, cada decisión que tomamos a la hora de maquetar crea un patrón. Si los títulos de capítulo aparecen siempre del mismo modo, el lector lo aprende. Si las citas se tratan siempre igual, las reconoce al instante. Pues bien, ahí entra en juego la consistencia, que se usa para mantener dichos criterios a lo largo de toda la publicación. Consistencia que, ojo, no implica rigidez total, sino más bien cierta coherencia. Gracias a ello, se transmite una sensación de cuidado, orden y fiabilidad. Porque cambiar estilos sin una razón de peso suele denotar descuido, no una elección consciente.
LOS ESPACIOS EN BLANCO
Uno de los errores más habituales en maquetación es querer introducir demasiado texto (o demasiados elementos en general) en muy poco espacio. Y, aunque reducir márgenes, comprimir interlineados o eliminar blancos puede parecer una solución práctica, créenos que casi siempre va en detrimento de la lectura. Ojo, no nos referimos de nuevo al tema de la proximidad (de ese elemento ya hemos hablado antes), aunque en el fondo tiene mucho que ver. El espacio en blanco cumple varias funciones al mismo tiempo: facilita la legibilidad, refuerza la jerarquía visual y aporta una sensación de calma que invita a seguir leyendo. Seguro que lo sabes por experiencia: un texto con un interlineado razonable y márgenes bien proporcionados se lee mucho mejor, de forma más agradable. Es de cajón.