Hay una escena que se repite con una frecuencia casi conmovedora en cualquier editorial. El libro está terminado. O eso cree todo el mundo. El autor ha dado el visto bueno, la corrección está cerrada, la maquetación parece impecable y las últimas pruebas descansan sobre la mesa con ese aire solemne que tienen las cosas que, en teoría, ya no deberían tocarse. Entonces alguien las abre «solo para echar un vistazo» y, como obedeciendo a una ley física todavía pendiente de describir por la comunidad científica, aparece una errata, una frase que podría sonar mejor o una imagen que quizá debería desplazarse tres milímetros hacia la izquierda.
En ese instante ocurre algo fascinante. Durante unos segundos, el libro entero vuelve a parecer inacabado.
Y alguien, inevitablemente, pronuncia la frase que cualquier responsable de producción escucha con una mezcla de resignación y un ligero incremento de la frecuencia cardiaca: «Ya que estamos…».
La historia suele terminar de una de estas dos maneras. O se hace el cambio y, con él, aparecen dos o tres revisiones más que nadie había previsto, o alguien recuerda que el libro tiene una fecha de impresión, un presupuesto, una distribuidora esperando y una librería que difícilmente aceptará como explicación que el capítulo siete ahora respira un poco mejor.
La escena puede parecer anecdótica, pero en realidad resume bastante bien en qué consiste el trabajo editorial.

Existe la tentación de pensar que editar un libro significa acercarlo todo lo posible a una versión perfecta. Sin embargo, la experiencia demuestra que la edición tiene mucho menos que ver con la perfección de lo que solemos admitir y bastante más con la capacidad de tomar buenas decisiones en el momento oportuno. Porque, si algo enseña cualquier proceso editorial, es que siempre existe una última mejora posible. Y después de esa, otra más.
Un diálogo puede pulirse un poco. Un título quizá funcione mejor con una palabra distinta. Una cubierta admite una nueva propuesta. Un interlineado puede ajustarse ligeramente. La traducción de un párrafo todavía permite una alternativa más natural. La cuestión no es si todas esas mejoras existen, porque normalmente existen. La cuestión es si todas ellas justifican el coste que implican.
Y cuando hablamos de coste no nos referimos únicamente al económico. Cada modificación introduce nuevas comprobaciones, obliga a revisar páginas ya cerradas, puede alterar una paginación, afectar a un índice, modificar una referencia cruzada o generar una nueva ronda de validaciones. Es decir, cada mejora potencial abre la puerta a nuevos riesgos. La edición tiene esa curiosa costumbre de recordarnos que casi ninguna decisión llega sola.
Quizá por eso los mejores procesos editoriales no son necesariamente los que acumulan más revisiones, sino los que saben distinguir entre lo importante y lo accesorio. Resulta tentador pensar que un libro será mejor cuanto más tiempo permanezca sobre la mesa de trabajo, aunque la realidad suele ser bastante menos romántica. Llega un momento en el que cada hora adicional invertida produce mejoras cada vez más pequeñas, mientras el calendario continúa avanzando con una indiferencia francamente poco colaborativa.

Existe, además, otro aspecto del que se habla menos. En ocasiones, la búsqueda obsesiva de la perfección termina perjudicando precisamente aquello que pretendía proteger. Un lanzamiento retrasado varias veces, un proceso editorial que nunca parece concluir o un equipo atrapado en una revisión permanente pueden acabar generando más problemas que la pequeña imperfección que intentaban eliminar. La perfección, llevada hasta sus últimas consecuencias, tiene una curiosa capacidad para convertirse en enemiga de la publicación.
Esto no significa, por supuesto, que las editoriales deban conformarse con cualquier resultado. Todo lo contrario. Significa que la calidad editorial no consiste en revisar indefinidamente un libro, sino en construir un proceso suficientemente sólido como para que las decisiones importantes se tomen con criterio desde el principio. Cuanto mejor funcionan la edición, la corrección, la traducción, el diseño, la maquetación y la coordinación entre todos esos procesos, menos necesidad existe de improvisar soluciones cuando el proyecto ya debería estar camino de la imprenta.

Al final, la diferencia entre un libro cuidado y otro mediocre rara vez depende de una decisión brillante tomada en el último minuto. Suele ser la consecuencia de muchas decisiones acertadas, pequeñas y casi invisibles, distribuidas a lo largo de todo el proceso. Son precisamente esas decisiones las que el lector nunca verá y, paradójicamente, las que más contribuyen a que pueda concentrarse únicamente en la historia, en las ideas o en el conocimiento que tiene entre las manos.
Quizá el libro perfecto no exista. Y, bien pensado, casi es una buena noticia. Si existiera, las editoriales seguirían revisando el mismo título diez años después de adquirir los derechos, los autores continuarían corrigiendo el capítulo tres mientras el departamento comercial preguntaría, por enésima vez, si existe alguna previsión razonable para la fecha de publicación. Por fortuna, llega un momento en el que alguien toma una decisión, envía el archivo definitivo a imprenta y acepta una realidad que todo editor acaba aprendiendo tarde o temprano: un buen libro no es el que ya no admite ninguna mejora, sino el que está preparado para encontrarse con sus lectores.