Todos usamos, en mayor o menor medida, los incisos. Nosotros mismos acabamos de hacerlo en la frase anterior. Porque nos salen de forma natural. Porque el pensamiento funciona así. Porque los incisos son como esas posdatas gramaticales que intercalamos durante el discurso (no necesariamente al final) cuando queremos hacer al vuelo alguna aclaración o apunte. Y acabamos de usar otro inciso, mira tú por dónde. O, mejor dicho, dos más si tenemos en cuenta ese «mira tú por dónde». O tres, si pensamos en el «mejor dicho» de la frase previa. Los incisos son como setas, en efecto —quinto inciso del párrafo…; o sexto, ya hemos perdido la cuenta—.
Pero ¿qué es un inciso? La propia RAE lo define como una «expresión dotada de autonomía gramatical, que se intercala en otra para explicar algo relacionado con esta». Vemos que dice «se intercala en otra», no «interrumpe otra» o «la mutila a machetazos como si fuera el asesino de una peli de terror». Con esto queremos decir que la RAE no censura el uso de los incisos. Porque están ahí para que los usemos, ¿verdad? Son un recurso lingüístico como cualquier otro.
Por tanto, el problema no está en el uso, sino en el abuso, en la gratuidad. Una gratuidad que puede manifestarse de diversos modos: desde su sobreabundancia numérica hasta su reiterada ubicación dentro de las oraciones o incluso cierta monotonía a la hora de expresarlos por escrito.
Empecemos por el primer caso. ¿A qué nos referimos con sobreabundancia numérica? Pues a llenarlo todo de tantos incisos, a introducir tantas digresiones en el discurso, que el lector acabe sin saber cómo había comenzado cada oración. Seguro que te ha ocurrido más de una vez, sobre todo en textos académicos o legislativos: estás leyendo una oración y, ¡zas!, inciso al canto…, sigues leyendo la frase y, ¡zas!, otro inciso, que a su vez tiene otro menor dentro…, de tal punto que para cuando llega el tercero o cuarto ya no recuerdas muy bien qué te estaba contando la frase principal. Por supuesto, a veces se puede machacar al lector a base de incisos intencionados, como hace Eduardo Mendoza de forma humorística en su novela «El misterio de la cripta embrujada», donde parece mofarse de la petulancia de ese estilo. El problema está en cuando se obtiene un efecto más indeseado en el lector.
Sigamos ahora con el segundo caso, y para ello tomaremos como ejemplo la frase con la que abríamos esta entrada: «Todos usamos, en mayor o menor medida, los incisos». Observamos que el inciso está en ese «en mayor o menor medida» intercalado en medio de la frase «Todos usamos los incisos». Pero ¿y si no lo intercaláramos en medio? ¿Y si lo reubicáramos en otra parte de la oración? Podríamos decir «En mayor o menor medida, todos usamos los incisos». O «Todos usamos los incisos, en mayor o menor medida». De acuerdo, ahora te pondremos seguidas las tres frases, para que leas en voz alta cada una:
«Todos usamos, en mayor o menor medida, los incisos».
«En mayor o menor medida, todos usamos los incisos».
«Todos usamos los incisos, en mayor o menor medida».
¿Cuál te parece que interrumpe más el flujo del discurso? Puedes leerlas de nuevo, si quieres. Seguro que te ha saltado a la vista (o al oído) que la primera lo interrumpe el doble y complica más la comprensión. El motivo está muy claro: es la única donde el inciso le pega tal machetazo a la frase original que deja el predicado escindido, con el verbo «usamos» a un lado del río Mississippi, el objeto directo «los incisos» al otro y, en medio, un inciso más largo que la suma de ambas partes. Por supuesto, no hay nada malo en situar un inciso en esa posición de vez en cuando. Pero ¿te imaginas un texto plagado de este recurso y, además, en dicha posición casi de forma sistemática? Puede resultar bastante complicado de leer.
Y vamos ahora al tercer caso: la monotonía gráfica. Los incisos pueden delimitarse con tres posibles elementos gráficos: raya, coma o paréntesis.
RAYA: «Los incisos —como ves— pueden limitarse con rayas».
COMA: «Los incisos, como ves, pueden limitarse con comas».
PARÉNTESIS: «Los incisos (como ves) pueden limitarse con paréntesis». (Un inciso, valga el chiste: los que van entre paréntesis solo pueden ubicarse a mitad o a final de frase).
Si siempre los representamos con la misma forma gráfica, podemos volver el texto visualmente monótono, por no decir cargante. Sobre todo, si aglutinamos muchos en un breve espacio y optamos de forma sistemática por rayas o, quizá en menor medida, paréntesis. Veámoslo con un ejemplo:
«Las altas temperaturas —que no cedían ni por la noche— hicieron que Pedro —que odiaba el verano— estuviera sudando de la cabeza a los pies —pese a haberse duchado cinco minutos atrás— y con un humor de perros —pero de los que tienen muy malas pulgas—».
Incluso sin haber leído el texto, vemos tanta raya ahí metida que dan ganas de todo menos de leerlo. Si no nos fijamos bien, incluso podemos perder el hilo, hasta el punto de no saber dónde hay texto principal y dónde un inciso. Y sí, de acuerdo, podríamos sustituir las rayas por paréntesis…, pero la cosa solo mejoraría un poquito.
Ahora bien, probemos a variar los elementos gráficos e introducir más comas:
«Las altas temperaturas, que no cedían ni por la noche, hicieron que Pedro, que odiaba el verano, estuviera sudando de la cabeza a los pies —pese a haberse duchado cinco minutos atrás— y con un humor de perros, pero de los que tienen muy malas pulgas».
Algo mejor, ¿no? Incluso a la hora de leerlo parece todo menos confuso. Claro que podría parecerlo muchísimo menos si reescribiéramos la frase, rebajando el número de incisos o incluso reubicándolos:
«Las altas temperaturas no cedían ni por la noche. Y por eso Pedro, que odiaba el verano y se había duchado tan solo cinco minutos atrás, estaba sudando de la cabeza a los pies y con un humor de perros (pero de los que tienen muy malas pulgas)».
No solo hemos reducido a la mitad los cuatro incisos iniciales, sino que hemos diversificado su representación gráfica y, con ello, hemos jerarquizado un poco la carga de cada inciso: no es lo mismo el que está entre comas, integrado de forma casi orgánica al mismo nivel que los elementos antes y después dentro de la misma oración, que el que aparece entre paréntesis (pues, al estar más aislado, se interpreta como un apunte especialmente sarcástico, como un aparte casi teatral que no solo narra, sino que apela al lector). La magia de los incisos bien usados…