Quienes nos dedicamos al mundo editorial sabemos que finalizar un borrador no significa que ya esté todo el trabajo hecho. No en vano, la etimología del sustantivo «borrador» ya es bastante elocuente, pues viene del verbo «borrar», que a su vez se deriva del latín «burra» (“lana vasta y grosera”). Y raramente podríamos considerar algo vasto y grosero como la versión definitiva de lo que queremos ofrecer, ¿verdad?
Pues bien, la edición (o «editing», si por algún absurdo motivo te suena mejor en inglés) es justo ese tramo final donde, como por birlibirloque, el texto deja de ser una lana vasta y gorda para convertirse en una fina prenda de seda salvaje. O, si queremos dejarnos de metáforas cursis, donde un mero boceto en bruto se convierte en un texto que de verdad merece ser leído.
Ahora bien, aunque hayamos dicho «como por birlibirloque», nada más lejos de la realidad. Porque lo que se usa al editar no es una varita mágica, sino más bien toneladas de atención, oficio y buen criterio. De hecho, editar no consiste solo en corregir errores ortográficos o ajustar comas, sino que constituye todo un arte bastante más complejo, que combina precisión, sensibilidad y paciencia. Una especie de ritual en el que nos aseguramos de que cada palabra ocupe el sitio que le corresponde, cada frase enlace como es debido con las demás, cada idea se exprese de la mejor forma posible y, en definitiva, el texto fluya con el ritmo exacto.
Editar implica leer el texto con una mirada crítica pero generosa y llena de curiosidad. Solo así logramos detectar las fisuras en la estructura y los desajustes en el ritmo, al tiempo que podemos potenciar aún más aquello que ya funciona de antemano. No olvides que, en ocasiones, un pequeño cambio, por insustancial que parezca al principio (como quitar estos dos o tres adjetivos, distribuir este párrafo tan largo en dos más breves o cambiar la puntuación de un fragmento), puede transformar por completo la cadencia de una página entera. Y, a veces, replantearse las motivaciones de un personaje literario nos lleva a descubrir por qué no acaba de funcionar aquel pasaje que nos producía reticencia… e incluso puede llevarnos a prescindir de él (del pasaje en concreto o incluso del personaje en cuestión, vete tú a saber).
El proceso de edición suele llevarse a cabo en varias fases:
EDICIÓN ESTRUCTURAL: Esta es la primera de todas y permite obtener una perspectiva completa del texto para reorganizarlo convenientemente, eliminando lo superfluo, potenciando lo necesario y garantizando que cada sección cumpla el objetivo que de verdad le corresponde dentro de la obra.
EDICIÓN DE ESTILO: Aquí ajustamos el tono, purgamos muletillas, acortamos frases interminables (o eliminamos otras innecesarias, por qué no) y buscamos ese ritmo que favorezca una lectura no solo más clara, sino incluso con cierta musicalidad, si estamos finos.
EDICIÓN DE COPIA: Esta es la etapa más minuciosa, pues se centra en ir a la caza de errores gramaticales, inconsistencias diversas e incoherencias de relevancia variable. En fin, todo eso que a simple vista no parece estar ahí, pero que sí está…, ¡y de qué manera!
EDICIÓN FINAL: Y llegamos por fin a los últimos retoques antes del baile, a ese repaso general (pero de pe a pa) que sirve para asegurarnos de que todo está en su sitio y no se nos ha escapado ninguna errata, repetición o desliz aparentemente tonto (porque no olvidemos que los aparentemente tontos son siempre los peores).
Editar es, qué duda cabe, una tarea ingrata para el ego de quien la realiza, pues si se hace bien debe resultar invisible a ojos de los demás (del mismo modo que, si se hace mal, salta tanto a la vista que resulta casi doloroso). Por eso, de cara a los lectores, el crédito de un texto bien editado, con todo lo que ello supone, se lo lleva casi siempre el autor. Pero créenos: en la mayoría de las ocasiones, tanto este como su obra alcanzan su máximo potencial gracias a esa figura en la sombra. ¿Cómo lo sabemos? Por experiencia, faltaría más.