Hace poco circulaba por redes un meme bastante simpático que decía así: «¿Por qué todo el mundo obliga a los introvertidos a salir de su zona de confort y nadie obliga a los extrovertidos a callarse un ratito?».
Pues bien, los espacios en blanco (o espacios negativos) son, en cierto modo, los introvertidos de las maquetas. Porque ahí están ellos, los pobres, sin hacer mucho ruido, casi más observando que participando…, pero, sin duda alguna, son indispensables para que la fiesta no se convierta en una auténtica cacofonía ininteligible de letras abarrotadas que reclaman atención, párrafos amontonados unos sobre otros y coloridas ilustraciones (o gráficos, o tablas…) más protagonistas que nadie.
Gracias al espacio en blanco (ojo: no tiene por qué ser literalmente blanco, puede ser de cualquier color, siempre y cuando cumpla su propósito), la página se oxigena y evita degenerar en un «horror vacui» de tomo y lomo con el que no hay quien se concentre. Porque, aunque a menudo lo olvidemos, en diseño y maquetación, el «silencio» (llamémoslo así) también comunica. Al fin y al cabo, no se trata de «vacíos» o «huecos» sin más, sino de zonas que permiten que el contenido respire; que aportan claridad, foco y armonía visual; y que, muy importante, guían la mirada del lector.
Claro que no todo espacio vacío cumple la misma función. De hecho, hay dos tipos principales (ambos importantes y útiles por igual, si se combinan bien):
- Espacio en blanco activo: Se emplea de forma estratégica para enfatizar un elemento o dirigir la mirada. Por ejemplo, cuando dejamos una gran zona vacía alrededor de un titular con el objeto de que este destaque.
- Espacio en blanco pasivo: Surge de forma natural entre textos, párrafos o elementos. Y, aunque parezca de menor tamaño, también influye (y mucho) en la legibilidad y el ritmo.
De todos modos, y sean del tipo que sean, lo que hacen esos «espacios negativos» (que, bien usados, de negativos no tienen nada, ya te lo adelantamos) no es restar contenido, como quizá alguien pudiera pensar, sino más bien desorden. ¿Y cómo lo hacen? Pues, en líneas generales, mediante dos funciones:
1. MEJORAN LA LEGIBILIDAD
Seguro que más de una vez te has topado con textos donde las palabras (o quizá las líneas) estaban muy poco espaciadas. ¿A que te ha supuesto todo un desafío enfrentarte a ellos? Y sí, hemos usado de forma muy intencionada el verbo «enfrentarte», porque en ello se convierte la lectura cuando eso sucede: en una contienda entre tus ojos y aquella invasión de hormigas. En cambio, un texto bien espaciado se lee con gusto, pues damos un respiro a nuestros ojos y, por ende, el cerebro tarda más en cansarse. Como vemos, cuando se usa sabiamente, el espacio en blanco genera sensación de ritmo y liviandad.
2. DIRIGEN LA MIRADA
El ojo humano no se mueve al azar, sino que más bien sigue un recorrido guiado a través de contrastes, colores, tamaños… y (¿lo adivinas?) espacios vacíos. Podríamos decir que estos últimos actúan en la página como si del director de orquesta se tratara, marcando el ritmo visual y guiando al lector por cierta ruta invisible pero jerarquizada sin que este se percate siquiera. Gracias a los espacios en blanco, nuestros ojos saben de forma equívocamente intuitiva hacia dónde dirigirse y dónde detenerse. Porque, aunque pueda parecer que estos espacios tan solo separan elementos, en realidad también pueden conectarlos. Y lo hacen (o deberían, si se trabajan como es debido) de una forma muy sutil.
Ahora bien, dicho todo esto, debemos admitir que el uso correcto del espacio en blanco constituye todo un arte. ¿Por qué? Muy sencillo: porque conviene encontrar la justa medida entre «demasiado lleno» y «demasiado vacío».
Sin embargo, con frecuencia se cometen ciertos errores garrafales que mandan al traste nuestros esfuerzos «maquetadores», como, por ejemplo, creer que el espacio vacío es espacio tirado a la basura. Alerta de «spoiler» (o de destripe): no lo es, si lo usas bien. De hecho, ya vemos que puede convertirse en un elemento tan importante como la tipografía elegida.
Asimismo, podemos «cubrirnos de gloria» si nos da por saturar la maquetación para de este modo «aprovechar el espacio», como si aquello fuese un escenario de la película «Moulin Rouge», de Baz Luhrmann, tan barroco que ya no cabe ni una coma.
Aunque, ojo, nada nos salva de meter la pata también con la adición de espacios en blanco, como cuando rompemos la coherencia de la página a fuerza de espacios desiguales o márgenes mal alineados (todo lo cual, como te puedes imaginar, genera un ruido visual bastante molesto); o cuando no sabemos adaptarlos al formato (ya sabes, no es lo mismo maquetar para un libro impreso que para uno digital).
Quizá a estas alturas estés pensando: «Vale, sí, todo pegas, me queda claro. Pero ¿y las soluciones?». No te pongas agorero, que ahora mismito vamos a darte algunos consejos:
- Diseña de antemano. No dejes para el final la distribución del espacio en blanco. Planifica márgenes y retículas desde el principio.
- Crea jerarquías bien definidas. Usa más espacio en torno a aquellos elementos clave y confía en que el ojo ajeno sabrá hacia dónde mirar.
- Sé consistente. Esto implica que mantengas proporciones coherentes en los márgenes, el interlineado y la separación entre secciones. Nada de sustos y estridencias. El lector te lo agradecerá.
- No permitas que te asuste el silencio visual. Si, pese a todo lo dicho, de repente tienes la sensación de que un diseño te está quedando «demasiado vacío», déjalo respirar y vuelve a ello luego. Y respira tú también, ya que estamos. Aunque hace tiempo que se ha convertido en un cliché, hay ocasiones en que menos sí es más. Plantéatelo.
- Piensa en la estética, de acuerdo, pero también en la funcionalidad. Por muy bonita que sea una maquetación, si no se entiende, no sirve.
De hecho, retomando el último punto, y ya para cerrar, ten en cuenta que el espacio en blanco no solo tiene un sentido estético y práctico, sino también cierto poder psicológico. Al fin y al cabo, también transmite calma y armonía. Da sensación de orden y profesionalidad. Pero, sobre todo, facilita la concentración y mejora la comprensión del mensaje. Lo cual, en tiempos de sobrecarga visual, constituye un verdadero alivio (para la vista y para la paciencia).