Si uno atiende a determinados discursos sobre el futuro del libro, el sector editorial lleva aproximadamente veinte años a punto de desaparecer. Primero iba a acabar con él Internet, después el libro electrónico, más tarde las plataformas de autopublicación y ahora, naturalmente, le corresponde el turno a la inteligencia artificial. El libro, entretanto, continúa mostrando una irritante resistencia a colaborar con su propia defunción.
Los datos españoles, de hecho, dibujan un mercado bastante más saludable de lo que podría sugerir ese relato. La lectura por ocio continúa creciendo, la compra de libros también lo hace y la facturación del sector mantiene una evolución positiva. Eso no significa, sin embargo, que el mercado editorial permanezca igual. Está cambiando, y bastante, solo que algunos de los cambios más importantes son menos espectaculares que las profecías sobre la desaparición del libro.

Más lectores, más libros y una atención cada vez más disputada

Uno de los fenómenos más interesantes de los últimos años es que el crecimiento de la lectura convive con una oferta editorial extraordinariamente amplia. En 2024 se inscribieron en España cerca de 89.000 títulos con ISBN, un 2,6 % más que el año anterior, mientras que en 2025 el porcentaje de población que leía libros por ocio alcanzó el 66,2 %. También aumentó la compra: el 54,1 % de los españoles adquirió al menos un libro no de texto durante el año.
A primera vista, el escenario parece difícilmente mejorable: hay más lectores y se compran más libros. El pequeño inconveniente —siempre tiene que haber alguno— es que esos lectores disponen exactamente de las mismas veinticuatro horas diarias que antes y tienen una cantidad creciente de alternativas para ocuparlas. El libro no compite únicamente con otros libros, sino con series, videojuegos, pódcast, redes sociales, plataformas de vídeo y esa fascinante capacidad contemporánea de dedicar cuarenta minutos a mirar el teléfono sin recordar después exactamente qué hemos estado haciendo.
Eso transforma una parte esencial del trabajo editorial. Publicar un buen libro sigue siendo imprescindible, pero cada vez resulta menos suficiente para garantizar que ese libro encuentre a sus lectores. La selección del catálogo, la construcción de una identidad reconocible, la comunicación continuada y la capacidad para prolongar la vida comercial de los títulos adquieren una importancia mayor en un mercado en el que la abundancia es, simultáneamente, una magnífica noticia cultural y un problema de visibilidad.
También está cambiando la relación entre formatos. El papel, lejos de haber sido sustituido como se pronosticó con considerable entusiasmo hace unos años, continúa ocupando una posición central, pero el crecimiento digital resulta difícil de ignorar. En 2025 la lectura en formato digital alcanzó al 33,2 % de la población y el uso de audiolibros llegó al 9 %, mientras que la facturación del libro digital mantuvo su tendencia ascendente. No parece, por tanto, que estemos asistiendo a una sustitución de formatos, sino a una diversificación de las formas de leer y escuchar libros.
Para las editoriales, esto implica pensar cada vez menos en «el libro» como un único objeto y más en una obra capaz de circular por distintos soportes, contextos y canales comerciales. También exige procesos de producción más flexibles y equipos capaces de trabajar con diferentes formatos sin considerar el EPUB, el audiolibro o cualquier otra versión como ese añadido que alguien recuerda cuando el proyecto principal ya está prácticamente cerrado.

Un mercado más complejo, no necesariamente peor

A todo ello se suma la transformación tecnológica. La inteligencia artificial está entrando en procesos de documentación, traducción, corrección, producción y comunicación, aunque quizá la pregunta más útil ya no sea si se utilizará —esa discusión empieza a tener algo de conversación sobre si Internet acabará teniendo alguna aplicación práctica—, sino dónde aporta eficiencia sin deteriorar la calidad y dónde sigue siendo imprescindible el criterio profesional.
Este cambio tecnológico coincide además con una creciente especialización del trabajo editorial. Diseñadores, correctores, traductores, maquetadores, especialistas en formatos digitales, profesionales de comunicación y equipos externos participan en proyectos cuya coordinación resulta cada vez más compleja. El reto para las editoriales no consiste necesariamente en incorporar internamente todas esas competencias, algo poco realista para buena parte del sector, sino en construir procesos suficientemente sólidos para integrar especialización, tecnología y criterio editorial sin que el libro termine pareciendo el resultado de una reunión a la que nadie asistió completa.
Quizá, por eso, el cambio más profundo del mercado editorial no pueda resumirse en una sola tecnología, un formato o una tendencia comercial. Estamos ante un ecosistema con más lectores, más títulos, más soportes, más canales de comunicación y más herramientas disponibles, pero también con una competencia mucho mayor por la atención y con procesos de producción progresivamente especializados.
Y ahí aparece una paradoja interesante. Cuantas más herramientas tiene una editorial a su disposición, más importante se vuelve algo bastante antiguo: saber qué publicar, cómo hacerlo y para quién.
Las tecnologías cambian, los formatos evolucionan y los hábitos de consumo se transforman. El criterio editorial, para desgracia de quienes esperaban poder resolverlo todo pulsando un botón, sigue sin tener una actualización automática disponible.