Hay escritores que tienen bastante claro qué contar e incluso cómo. Las ideas brotan de ellos como un torrente del que llenar poco a poco esa vasija que es la página en blanco. Otros, en cambio, no siempre tienen claro sobre qué escribir. O quizá sí se les ocurren ideas, pero las desechan por muy diversas razones: porque les parecen conceptos poco interesantes, porque se parecen demasiado a otros conceptos ya muy vistos… De hecho, esa es la gran virtud que muchos escritores suelen exigirle a una idea para que les valga la pena: que resulte interesante y, a ser posible, original.
Pero ¿cómo damos con una idea que reúna ambas cualidades? Fácil no es, desde luego. Pero, ojo, tampoco imposible. De hecho, hoy venimos a hablarte de una técnica que podría ayudarte bastante al respecto: el binomio fantástico.
Para empezar, habría que definir qué es eso de un binomio. El DRAE lo describe de forma bastante escueta como «conjunto de dos personas o cosas relacionadas». Vale, quizá dicho con esas palabras aún no tengas claro del todo a qué nos referimos. Pero ¿y si añadimos que la vida está llena de cosas que funcionan como binomios, en los que un elemento se define en relación con el otro?
Ahí tenemos, por ejemplo, el binomio «bueno/malo». ¿Cómo podríamos describirle a alguien de forma sencilla qué significa el adjetivo «bueno»? Quizá lo primero que nos venga a la cabeza sea decirle que es «lo opuesto a malo». Pues bien, ahí tenemos un binomio clarísimo. Pero hay muchos más: «hombre/mujer», «niño/adulto», «día/noche», «alto/bajo»…
Claro que estamos hablando específicamente de binomios formados a partir de términos opuestos. Pero también hay binomios de palabras que, sin ser opuestas, siguen estando relacionadas mediante otro tipo de asociación lógica. Por ejemplo, el binomio «zanahoria/brócoli». No se trata de realidades opuestas, sino más bien vinculadas, porque forman parte de un mismo grupo de alimentos: los de origen no animal. Y, si hilamos aún más fino, podríamos encontrar otro binomio lógico: el de «naranja/manzana», que no solo forma parte del mismo grupo de alimentos de origen no animal, sino de otro más concreto aún: el de las frutas.
Hasta este momento hemos hablado de binomios lógicos, es decir, aquellos en los que la relación entre ambos elementos viene marcada por pertenecer ambos al mismo campo léxico, conceptual, etc. Y, sí, podrías tomar uno de esos binomios como punto de partida para escribir una historia. Sin embargo, lo interesante en este caso no es decantarse por ellos, sino más bien por lo que se denomina un «binomio fantástico».
En su «Gramática de la fantasía», el escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari afirma que «necesitamos que exista cierta distancia entre ambas palabras, que una sea lo bastante distinta de la otra, y que su aproximación resulte insólita, para que la imaginación se vea forzada a ponerse en marcha y establecer algún parentesco entre ambas, un entorno en el que puedan convivir ambos elementos extraños».
Por ejemplo, podríamos considerar que las palabras «dinosaurio/microondas» componen un binomio fantástico, en el que no existe la menor relación lógica entre ambas. Desde luego, no pertenecen al mismo campo semántico ni conceptual. Por no compartir, ni siquiera comparten el mismo ámbito temporal. Así pues, nos pueden ofrecer un interesante punto de partida para empezar a idear una historia.
¿Qué relación cabría establecer entre esos dos elementos tan dispares? Pues ahí es donde debemos poner en marcha los engranajes de nuestra imaginación. Por ejemplo, se nos podría ocurrir que un grupo de arqueólogos desentierra un esqueleto de dinosaurio… ¡en cuyas fauces hay atrapado un microondas! ¿Cómo ha llegado ese microondas allí? O quizá se nos ocurra otra idea aún más loca (pero original, sin duda alguna, e interesante a su manera): que un amo de casa descubre un día que su microondas es un portal a la época de los dinosaurios. Toma ya…
Se trata de meros ejemplos que se nos acaban de ocurrir (lo prometemos), pero el número de posibles binomios fantásticos es inabarcable, como podrás suponer. Ahora bien, ¿cómo encontramos binomios fantásticos? Pues tenemos distintas técnicas posibles.
Una de ellas consiste en algo tan sencillo como, con los ojos cerrados, abrir al azar un libro (podría valer con un diccionario) y apuntar con el dedo a la primera palabra que surja. Después, repetimos la acción para el segundo término del binomio, si el primero nos sirve. ¿Y por qué decimos «si nos sirve»? Pues porque no siempre servirá, naturalmente. Quizá nuestro dedo caiga inocentemente sobre una preposición, un artículo, una conjunción, un apellido común y corriente o incluso un nombre de pila, y ahí está complicado que podamos formar un binomio fantástico con nada (vamos, muy fantástico tendría que ser…). De hecho, es bastante probable que tengas que repetir el experimento varias veces hasta dar con un resultado lo bastante satisfactorio.
Otro método un poquito más elaborado pero incluso más eficaz consiste en pedirles a varias personas por separado (y, aún mejor, sin relación entre ellas) que piensen en una palabra. Si es posible, en un sustantivo, pues para nuestros fines siempre resultará más útil y concreto crear un binomio fantástico a partir de dos sustantivos que a partir de dos adjetivos o un verbo y un adjetivo. Y hablando de «concreto», no está de más que les pidas sustantivos que describan realidades más concretas que abstractas. Por ejemplo, mejor «butaca» que «concupiscencia».
Por supuesto, en este caso también es posible que necesites repetir la prueba varias veces. Pues, aunque ya de entrada consigas gracias a tus dos primeras personas entrevistadas un binomio aparentemente servible (es decir, uno compuesto por dos sustantivos que definan realidades más concretas que abstractas), quizá tengas la mala pata de que dicho binomio encaje más en uno de tipo lógico que en uno de tipo fantástico.
Como afirmaba en su libro Rodari, «en el binomio fantástico no tomamos las palabras con su significado habitual, sino que las liberamos de aquellas cadenas verbales de las que suelen formar parte integral. […] Y es justo en ese instante cuando se encuentran en las condiciones idóneas para generar una buena historia». No es un camino fácil, lo sabemos, pero ¿cuándo fue fácil el camino de la literatura?