Todos los sectores manejan términos que, aunque aluden a realidades distintas, a veces se funden y se confunden en el uso, de modo que al final no hay quien sepa qué es qué exactamente.
Y, de entre todos esos sectores, el editorial no se libra «por guapa», créenos. De hecho, seguro que has escuchado (o incluso has usado) como si fueran intercambiables estos cuatro términos: maquetación, diseño, composición y diagramación. No obstante, aunque a veces se usan como sinónimos en conversaciones informales (e incluso en ofertas de trabajo), lo cierto es que no significan lo mismo. ¿Guardan ciertas similitudes? Sí. ¿Son indistinguibles? En absoluto.
Ya en su día, dedicamos una entrada a dilucidar las posibles diferencias entre «maquetación» y «diseño». Pero las cosas no son tan sencillas y tal vez simplificamos un poquitito de más un proceso que tiene bastante más enjundia. Así pues, si creías que todo estaba ya lo bastante clarito después de aquello, resulta que ahora vienen el tercero y el cuarto en discordia para enredar un poquito más las cosas. Aynsss…
En fin, veámoslo por pasos, que resultará mucho más sencillo…

DISEÑO: Fundamentalmente, es donde nace la idea, el «cerebro creativo». O, si queremos expresarlo con más florituras, es la fase estratégica y conceptual que consiste en concebir, planificar y dar forma al estilo visual de una publicación: desde la paleta de colores hasta tipografías, títulos, encabezados y tono visual o emocional, sin olvidarnos de las tapas. Dicho de otro modo: el diseño nos sirve para estructurar las decisiones creativas que marcarán el rumbo de dicha publicación, teniendo en cuenta no solo la estética, sino también su funcionalidad y su claridad expositiva.
COMPOSICIÓN: Vale, ya tenemos finiquitado el diseño. ¿Y ahora? Pues ahora entra en escena la composición, que viene a ser el mapa visual que permite leer con naturalidad, la arquitectura visual que guía de forma intuitiva y fluida la mirada del lector (toma poesía…). De acuerdo, expresémoslo de forma menos redicha: a grandes rasgos, consiste en disponer dentro de cada página y de acuerdo con esa planificación previa los elementos que constituyen el diseño conceptual. Esto incluye la jerarquía visual (qué va primero y qué va después), la búsqueda de equilibrio entre texto e imagen y el ritmo visual (indispensable para que la lectura resulte fluida y agradable). Si el diseño es la idea, podríamos decir que la composición es el modo en que esa idea se oxigena en el espacio disponible.
DIAGRAMACIÓN: Este es el tercer paso del proceso, y el previo a la maquetación. Aquí lo que construimos por fin es el armazón, el esqueleto, la caja torácica que contendrá la caterva de órganos que hemos estado diseñando antes. ¿Y de qué consta ese esqueleto? Pues de un montón de elementos que a veces llevan a los maquetadores por la calle de la amargura, mientras que para el lector medio suelen pasar bastante desapercibidos: retículas o rejillas base (ríete tú de «Tron»…), columnas y zonas fijas, márgenes internos y externos, y, en general, todo tipo de patrones repetibles con los que no solo se obtiene cierta coherencia visual en todas las páginas, sino que se logra que todo encaje armoniosamente de principio a fin. En definitiva, la diagramación prepara el terreno para la maquetación, que es la última fase.
MAQUETACIÓN: Como acabamos de decir, esta es la última fase del proceso editorial, también conocida en el sector como «puesta en página». Y ya te podrás imaginar de qué va la vaina: de poner en su sitio el contenido real. Consiste en tomar el diseño ideado, la composición planificada y la diagramación estructurada…, y, una vez hecho el tetris con todos los elementos, obtener el producto final: una maqueta cohesiva para imprimir o publicar digitalmente. Por supuesto, todo ello implica desde ajustar el texto y los párrafos reales hasta insertar las imágenes y los gráficos (con sus tamaños finales); ajustar los colores, los estilos tipográficos y la resolución, y, en definitiva, preparar la versión final que se enviará para producir o distribuir.

Confiamos en que, ahora que por fin ha quedado todo claramente definido, ya puedas usar con propiedad cada término según su uso específico y no lo metas todo en el mismo cajón de sastre. Prometemos hacer lo propio.