Hace poco, alguien del mundillo editorial decía en un pódcast —medio en broma, medio en serio— que en España ya hay casi más escritores que lectores. Se trataba de una afirmación claramente exagerada, por supuesto, casi una boutade, pero que no dejaba de encerrar cierta realidad. Muchas editoriales se quejan a menudo de que cada año reciben más manuscritos, una avalancha que incluso los obliga a rechazar de entrada aquellos no solicitados. Al mismo tiempo, cada vez hay más personas que lamentan no disponer de tiempo para la lectura, exhaustas ante un ritmo de vida que las asfixia.
Cabría preguntarse, llegados aquí, cómo es posible que haya tiempo para escribir tanto a la vez que no lo hay para leer un poquito. Aunque quizá se trate de un razonamiento un pelín tendencioso, no lo descartamos. Los unos no tienen por qué ser los mismos que los otros, es decir, quizá hablamos de grupos poblacionales distintos.
Lo que sí está claro es que parece inconcebible un escritor que no lee. Y las razones resultan bastante obvias: para poner en práctica ciertas herramientas, tienes que haberlas adquirido antes. ¿Alguien se imagina a un director de cine al que, en realidad, no le gusta ver películas? Pues con la literatura ocurre igual. O, por lo menos, debería ocurrir. Pero no siempre es así.
Quien esto firma conoció a un escritor novel que, sin despeinarse, afirmaba que él jamás leía. Como si fuera una cuestión de principios o algo por el estilo. Tal vez estemos pecando de prejuiciosos, pero asusta imaginar cómo sería su prosa. De acuerdo, puede que estuviera tocado por la varita mágica de las musas y escribiera como los ángeles…, pero nos resistimos a creer que alguien que jamás lee sepa escribir ni medio bien. Entre otras cosas, porque incluso quienes sí leen a menudo pueden cometer bastantes errores al ponerse frente a la página en blanco.
De hecho, la entrada de esta semana gira en torno a eso: los errores de estilo más habituales al escribir obras literarias. O, mejor dicho, una primera tanda de ellos, pues son legión. Así pues, toma nota, que nunca está de más conocerlos.

USO EXCESIVO O ERRÓNEO DE LA ADJETIVACIÓN: No hay nada más fácil en el mundo que adjetivar; lo hacemos de forma constante en nuestro día a día. Y, para muestra, unos cuantos botones, pues acabamos de marcarnos varias adjetivaciones tanto en la frase anterior como en el título de este párrafo. Pero —¡ay, amiga!— en la literatura esto puede multiplicarse por mil, hasta convertirse en un auténtico vicio. ¿A que dan ganitas de ponerse a adjetivarlo todo como si no hubiera un mañana? ¡Pues claro que las dan! El problema es que no todo merece adjetivarse, y menos aún cuando te arriesgas a que se pierda el efecto que persigues con ello. ¿Para qué vamos a escribir «un enorme rascacielos», si el sustantivo en cuestión ya lleva integrada la enormidad? Los adjetivos deben usarse con precisión y economía —y, como quien no quiere la cosa, acabamos de evitar un «deben ser precisos y moderados», mira tú por dónde—.

IMPRECISIÓN: Este es el monstruo de las mil caras, pues aparece en el momento más insospechado y bajo cualquier forma. Por ejemplo, cuando decimos «había tristeza en su cara» en vez de «había tristeza en su semblante». O cuando recurrimos a palabras comodín como el sustantivo «cosa» o el verbo «hacer», a menudo vacíos de significado, pues en realidad pueden sustituirse por palabras que definen de forma mucho más exacta lo que queremos expresar. Pero, claro, para eso, hay que buscarlas. Y menuda pereza…

«ADVERBIADAMENTE»: Con los adverbios ocurre lo mismo que con los adjetivos: nos parece que quedan tan requetebién que no nos cortamos un pelo a la hora de encasquetárselos al texto. Y, si bien a veces pueden aportar significado, otras restan frescura y solo se quedan en añadidos más bien pesados (por no decir plastas, sobre todo cuando llevan la terminación «-mente»).

CACOFONÍAS: No siempre se detectan con facilidad, y menos cuando somos nosotros los autores del texto, pero esas disonancias que se producen cuando combinamos de forma poco o nada armónica los sonidos de una palabra u oración les pueden resultar bastante molestas a según qué ojos y oídos. Por ejemplo, en «Tere te tiene en un pedestal». Cuántas tes y es seguidas, ¿no? Si lo lees en voz alta, lo notarás de inmediato. De hecho, nuestro consejo es que leas en voz alta aquellos pasajes donde te salte la alarma, para así salir de dudas y solucionarlo. Ahora bien, muy diferente es que la cacofonía se busque de antemano, en cuyo caso sube de nivel y, como ya es más digna, pasa a llamarse «aliteración». Como en «Sonaron unos susurros sibilantes», donde salta a la vista —y al oído— que esa acumulación de eses pretende reproducir los susurros en cuestión de los que habla la frase.

CONTARLO TODO, EN VEZ DE SUGERIRLO: Demasiado a menudo, el narrador se convierte en una especie de audiocomentario de DVD que te lo va dando todo masticado, en vez de permitirte que lo descubras e interpretes a partir de las acciones o las palabras de los personajes. Y, queridos, una novela es una novela, no un manual técnico. De acuerdo, puedes decir sin medias tintas que un personaje está muy nervioso, pero ¿no resulta mucho más sugerente describir que, cuando intenta secarse con mano temblorosa la gota de sudor que se le desliza por la sien, se le cae al suelo el pañuelo con el que pretendía hacerlo?
BARRA LIBRE DE METÁFORAS: De entre las muchas cosas bellas que tiene la literatura (sí, hemos dicho «cosas» y hemos dicho «bellas»), cabe destacar la posibilidad de usar metáforas. Así que úsalas, no las abandones; ellas no lo harían. Pero, eso sí, tampoco te pases. Porque, por mucho que embellezcan el texto y le aporten expresividad, se te puede ir todo al garete cuando introduces a presión treinta y ocho metáforas por metro cuadrado. Ah, y no recurras a creaciones tan manidas como «las perlas de su sonrisa» o «el oscuro manto de la noche», por favor. Que ya huelen a cerrado. Intenta ser original. A no ser, claro está, que quieras entrar en el cenagoso terreno de los…
… ¡CLICHÉS!: Y no nos referimos a una novela negra con su detective privado alcohólico, su enigmática mujer fatal y sus polis corruptos —que también, porque esos arquetipos están ya más sobados que los mofletes de un bebé—, sino, de nuevo desde el punto de vista estilístico, a esas metáforas que una vez fueron frescas y originales pero, a fuerza de uso y abuso, se han convertido en una alfombrilla acartonada que atufa que no veas. Repetimos: intenta ser original.

Y hasta aquí nuestra primera tanda. El mes que viene, más.