El mes pasado decidimos dedicar una entrada a aquellos errores de estilo que muchos escritores cometen de forma habitual en sus obras. Los había de todos los colores y sabores: uso excesivo o erróneo de la adjetivación, cacofonías, abuso de adverbios, clichés para dar y regalar…
En fin, tal era la lista de traspiés que, a mitad de escritura, decidimos que quizá sería buena idea dividir la entrada en dos partes, para no atosigar. Así pues, esta semana venimos con la secuela: «Errores de estilo habituales al escribir obras literarias – Episodio 2: El ataque de la brocha gorda». Abróchense los cinturones, que viene una entrada movidita.

INCONGRUENCIA ESTILÍSTICA: En el terreno literario, decimos que hay incongruencia de estilo cuando se produce un socavón entre lo que se cuenta y el modo en que se cuenta. Supongamos que, por ejemplo, estamos escribiendo una novela erótica que busca provocar ciertas emociones mediante una elegante combinación entre lo sugerido y lo mostrado. De pronto, el narrador dice que uno de los personajes «puso mirando a Cuenca» al otro. Sin duda alguna, ahí tenemos una ruptura tonal que es cualquier cosa menos elegante, y mucho menos erótica. Hay, pues, incongruencia estilística. O imaginemos que en un relato corto que transcurre en una galaxia muy muy lejana decimos de repente que una nave espacial parecía «una gigantesca Big Mac». No hace falta que expliquemos en qué aspectos no funciona esa imagen, ¿verdad?
AFECTACIÓN: O, dicho en otras palabras, exageración enfática. ¿Recuerdas cuando en tu adolescencia escribías un diario donde todo parecía mucho más «tremendo» de lo que, con la distancia que da el tiempo, has visto que en realidad era? Pues con los escritos más o menos primerizos ocurre otro tanto. El amor es muy intenso, el odio es muy intenso, la tristeza es arrasadora… Y, en principio, no hay nada malo en hablar de las grandes emociones; pero, cuando absolutamente todo lo que les ocurre por dentro y por fuera a los personajes es grandilocuente, caemos en la parodia involuntaria. A veces el mundo está lleno de grises, y también la gente que lo habita. Del mismo modo, mucho ojo, porque cuando por fin salimos de esa etapa podemos caer con facilidad en la misma pero en otro grado. ¿Qué queremos decir? Pues que está muy bien que escribas personajes profundos e irónicos, pero cuando todos son así… ninguno resulta tan especial como te creías.
USO DE LENGUAJE ARCAICO: Recuerdo que, hace bastantes años, el escritor Ray Loriga mantuvo un encuentro por chat con los lectores de una publicación digital. Uno de ellos tenía aspiraciones literarias y le preguntó algo así como «Me encantaría escribir. Mas, cuando lo intento, no me sale nada que valga la pena. ¿Qué me recomienda?». Loriga, con una sutil ironía que no tengo claro que captara la persona en cuestión, respondió: «Empiece quitando ese “mas”». Es un error bastante frecuente entre escritores más o menos primerizos caer en un lenguaje que quizá en otras épocas era el pan nuestro de cada día, pero que hoy deja un regusto a tan pasado de moda que puede resultar incluso pedante. Por supuesto, esta corrección no podemos aplicarla tan alegremente a novelas o relatos que transcurren en ciertos períodos históricos.
DERROCHES LINGÜÍSTICOS: Esto es a menudo un síntoma del punto anterior. En épocas pasadas, había cierto gusto por las narrativas barrocas, con descripciones a tutiplén y circunloquios lingüísticos que se aplaudían bastante. Hoy quizá ya no tanto. Como es natural, esto no significa que tengas prohibido experimentar con ciertos estilos…, pero tampoco lo conviertas en costumbre, porque acabarás oliendo a naftalina; y tus obras, también. Recuerda que hoy se valora mucho más la economía de lenguaje. De modo que, si puedes «telefonear», ¿para qué vas a «hacer una llamada telefónica»?
SEQUEDAD Y FEÍSMO POR DEFECTO: Este error surge a menudo como reacción al anterior. Algunos escritores huyen tantísimo de esa narrativa recargada que, en su búsqueda de lo moderno y lo molón, acaban cayendo en un estilo demasiado abrupto y agresivo. Las frases se acortan hasta el absurdo y, al final, aquello ya parece una sucesión de telegramas. Y eso por no hablar del uso de palabras malsonantes, que sueltan a grapados (venga o no venga a cuento) porque su narrativa es tan dura y tan de la calle como ellos. Obviamente, si esto surge de forma natural y sincera, puede ser una joya. Pero, si vas de autor maldito cuando no sabes lo que es pasar ni media penuria en esta vida, te arriesgas a que te quede más artificial que el poliéster.
DIÁLOGOS IRRELEVANTES: Muchos escritores evitan a toda costa incluir diálogos en sus obras; otros, en cambio, los consideran una de las actividades literarias más placenteras. Y tiene sentido ese «gustirrinín» que les produce a estos últimos. Al fin y al cabo, dialogar forma parte de la vida, pero también del arte: lo vemos en el teatro, en las series, en el cine… y también en la literatura. El problema es cuando se introducen diálogos porque sí, sin que aporten nada especial ni indispensable a la narrativa o al dibujo de los personajes. Esos diálogos carentes de relevancia (e incluso de alma) pueden convertirse en un auténtico lastre para la obra y acabar aburriendo a quien la lee. Huye de los diálogos anodinos…, a no ser que con ellos quieras subrayar lo anodina que es la vida de quienes los articulan. En ese caso, estamos hablando de una cualidad anodina muy buscada y meditada, con un propósito clarísimo y, por tanto, nada irrelevante.

Para finalizar, solo una pequeña puntualización: tampoco te tomes esta larga lista de errores como una biblia que hay que seguir a rajatabla. Porque quizá a fuerza de evitar sistemáticamente todos esos errores acabes cayendo en uno nuevo: la mecanicidad, la falta de alma. Nosotros te sugeriríamos que tan solo los tengas en mente a la hora de escribir, pero tampoco te obsesiones queriendo evitarlos todos y cada uno de ellos en todos y cada uno de los casos. Recuerda que a veces la belleza está en el error; y lo perfecto, en la imperfección.